Diario de León

Fidel Alonso

Hijo De Ganaderos De Reyero Y Profesor Del Liceo Español Luis Buñuel De París

Los señores del ganado

El tercero y último secreto consiste en que el protagonista siempre es el ganado. El ganado gana, es el centro de atención, sin límite de tiempo y esfuerzos

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Todo por el ganado y para el ganado. Eso ha sido el valle de Reyero desde que hay memoria. He ahí la respuesta a la pregunta: ¿Qué tendrá el vacuno de este valle del alto Porma de la montaña oriental leonesa para ser tan conocido y apreciado?

Desde Pallide a Primajas, pasando por Viego y Reyero, orgullo ganadero, pasión y arraigo, presentes hoy en tres generaciones. Más que un oficio, una tradición, una herencia familiar, dedicación plena y saber hacer. Ambición constante de mejora. De ahí un ADN y unas señas de identidad del ganadero y del ganado. El primer secreto está en el pasto y el pastoreo. En cada vallina, reguero, canto o ladera que ocupan el espacio abrupto entre espléndidos puertos en ascenso y los prados, huertas y pacederos en el fondo del valle. Un paraíso natural donde personas de todas las edades iban con las vacas , con la vecera de las novillas o a echar los jatos a la ternalera. Descotar el pasto frondoso de primavera en los terrenos comunales era una fiesta para todos, pastores y animales, y un placer las frescas otoñadas que despedían el verano y eran devoradas por las vacas y a veces por novillas preparadas para el mercado selecto. Julio, el mes de la hierba, era un desafío épico de trabajo sin tregua para llenar una tenada que debía alimentar durante medio año con la hierba seca a todo el ganado, cuidado con mimo ante las inclemencias del largo invierno. El recrío es el segundo gran secreto, todo el proceso llevado con esmero y dedicación. Nuestros mayores y nuestros ancestros tenían buena mano para todos los cuidados necesarios que van desde el jato mamón, los ternales que aprenden a pacer, las anojas, novillas doblenas o tresenas, ya preñadas, y las vacas. Siempre quedaban para casa las hembras y siempre las mejores, de entre las que eran seleccionadas para vida. Proceso de mejora y selección natural. Este era el auténtico oficio, el de criadores, y el arte de saber cuándo y por qué era guapa una novilla, era buena una vaca o una jata pastera podía ser elegante. La planta, el porte, la armonía de partes del cuerpo, el carácter, etc. Sin olvidar que la genética es la base y una alimentación adecuada y generosa hace que el ganado luzca de verdad. Hubo un tiempo en que los sembrados y barbechos se convivieron en pasto y un tiempo en que la vaca se liberó del yugo de trabajo. Con los nuevos tiempos se generalizó la inseminación artificial y se modernizaron instalaciones y sistemas de trabajo. Todo ello redundó en beneficio de una especialización en la cría de ganado vacuno, que crecía en cantidad y calidad mientras iban desapareciendo el ovino, caprino y equino, cuyo protagonismo había sido secundario. El progreso de la década de los 70 impulsó el mercado de la leche y sobre todo el de la carne, con la especialización en un producto único y característico de la zona: hembras selectas de raza parda alpina destinadas a nutrir y mejorar explotaciones del norte de España. Eran nuevos tiempos que, con otros medios, técnica, asesores, subvenciones y apoyo institucional, hicieron brillar con luz propia el resultado de una sabiduría ancestral: Una cabaña ganadera que, de modo casi artesanal había ido convirtiéndose en algo singular y primigenio en perfecto equilibrio entre los recursos naturales y un trabajo entregado y exigente al mismo tiempo. Hombres y mujeres que, sin saberlo, habían sentado la base para pasar de una economía familiar de subsistencia a otra basada en la calidad, inigualable, del producto. Auténticos profesionales bien preparados para el mercado y la competencia. Haciendo historia. Poniendo en valor un valle recóndito y con una valiosa aportación al sector ganadero de nuestro país. No en vano, el tercero y último secreto consiste en que el protagonista siempre es el ganado. El ganado gana, es el centro de atención, sin límite de tiempo, de esfuerzos y energía. De ahí la primera frase de esta crónica periodística, que va dedicada a los ganaderos y ganaderas del valle de Reyero, los cuales siguen fieles a la tradición y saben mantener el arte, la sensibilidad y el sentimiento por los animales. Porque sin duda entienden que, más allá del negocio, hay orgullo y pasión, y mucho saber hacer, y lealtad a lo que somos y de dónde venimos, en la profesión de ganadero. Para mí son señores. Los señores del ganado.

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