La nueva ofensiva del narcotráfico: drones, túneles y narcosubmarinos
El desafío es la descomunal capacidad económica del crimen organizado transnacional, el crimen sin fronteras

El narcotráfico tiene una virtud muy perversa: aprende deprisa. Cada vez que el Estado, a través de los cuerpos policiales, levanta una barrera, las organizaciones criminales buscan grietas. Cuando se vigila el mar, miran al cielo; cuando se controla la superficie, abren un túnel.
Está ocurriendo aquí, en España. Drones de gran envergadura que cruzan el Estrecho cargados de hachís; narcosubmarinos que atraviesan el Atlántico con toneladas de cocaína; y túneles excavados bajo la frontera del Tarajal, en Ceuta, dibujan por ahora la nueva cartografía del crimen sin fronteras. Nada de esto sucede por casualidad. La geografía también tiene sus servidumbres. La Península Ibérica ocupa un lugar geoestratégico en el mapamundi y esa misma ventaja que durante siglos favoreció el comercio o la navegación constituye hoy un poderoso imán para las narcomafias. El Estrecho de Gibraltar separa Europa de África por apenas quince kilómetros. Al otro lado, Marruecos, el mayor productor mundial de hachís y vecino teocrático que, como la historia reciente ha vuelto a demostrar, nos es permanentemente hostil. Hacia poniente, el Atlántico nos conecta directamente con Hispanoamérica. A todo ello, España suma miles de kilómetros de litoral, puertos de primer orden, los archipiélagos de Canarias y Baleares, las ciudades de Ceuta y Melilla y, por si fuera poco, nuestra condición de frontera sur del espacio Schengen de libre circulación. Donde nosotros vemos un mapa, los narcos, equipados ya hasta los dientes con fusiles AK-47 y granadas, ven rutas y negocio. No se paran ante nada; si hay que ametrallar a una patrulla policial, se aprieta el gatillo sin complejos. O, llegado el caso, se embiste a una zodiac de la Guardia Civil en el puerto de Barbate y se mata a dos agentes. La última vuelta de tuerca ha llegado con los narcodrones. La operación
Horus de la Policía Nacional ha puesto sobre la mesa aparatos automatizados de gran tamaño capaces de transportar en cada viaje alrededor de veinte kilos de hachís desde Marruecos hasta Ceuta, Melilla o el interior de Andalucía. Llegan al punto programado, sueltan la carga sin aterrizar, regresan, se aprovisionan de nuevo y repiten el trayecto cien veces más si es necesario. La ecuación es sencilla: menos coste, menos exposición y cero detenciones. Si el aparato cae, se pierde un dron y unos pocos kilos, no una tripulación, una narcolancha y dos toneladas de droga. Los cárteles, las redes, los clanes y las bandas también hacen cuentas. Por mar, la imagen resulta especialmente inquietante. Los llamados narcosubmarinos o semisumergibles, que navegan a ras del agua, resultan extremadamente difíciles de detectar. En noviembre de 2019 apareció en Galicia el primero, con tres mil kilos de cocaína procedente de Sudamérica. Desde entonces, aquellos artefactos que parecían pertenecer a la literatura policial han dejado de ser una extravagancia. Otro semisumergible, interceptado recientemente en pleno Atlántico, entre Canarias y las Azores, transportaba seis toneladas de coca que iban a ser trasvasadas a embarcaciones rápidas con destino a la desembocadura del Guadalquivir. Estos narcosubmarinos son a menudo desechables, construidos para un viaje y hundidos después con el fin de eliminar rastros. El litoral de Galicia, el golfo de Cádiz y el mar de Alborán, especialmente la Costa del Sol, forman parte de este tablero habitual del entramado criminal de la droga. Y si el cielo y el mar no bastan, queda la tierra. O, mejor dicho, lo que hay debajo. En Ceuta se han localizado varios narcotúneles que parten de territorio marroquí, pasan bajo las alambradas y los muros fronterizos y desembocan en las naves industriales ceutíes del Tarajal. Y viceversa. Algunos cuentan incluso con ensanchamientos destinados al almacenamiento temporal de grandes alijos de hachís. La explicación de estos métodos avanzados está en dos palabras: dinero y capacidad de corrupción. El kilo de cocaína de buena pureza adquirido en Colombia por unos 1.500 euros multiplica espectacularmente su valor al llegar a España. Ese mismo kilo, convenientemente adulterado y, por tanto, triplicado en volumen, puede, vendido al menudeo por los últimos escalones de la cadena a un precio fluctuante de 50 euros el gramo, alcanzar los 150.000 euros. Siguiendo esa misma proporción, la tonelada comprada en origen y posteriormente sometida al mismo proceso de corte genera en el mercado minorista callejero una cifra en torno a 150 millones de euros. En efecto: ¡ciento cincuenta millones! Con márgenes semejantes, perder un dron, una lancha o incluso un semisumergible se convierte para las narcomafias en un coste perfectamente asumible. Lo extraordinario no es que innoven; lo extraño sería que no lo hicieran. Por eso, el verdadero problema no son los drones, los túneles o los narcosubmarinos. Mañana aparecerán otros ingenios. El desafío está en la descomunal capacidad económica del crimen organizado transnacional, el crimen sin fronteras. Ante ello, hacerles frente exige inteligencia prospectiva, cooperación internacional, más medios policiales y un control tecnológico a la altura del adversario. Porque estas redes criminales avanzan allí donde las instituciones pierden terreno. Somos la Península Ibérica, puerta de atrás de Europa. Y los narcos lo saben.