Las mocedades de Ulises

Parece que el éxito de la película La Odisea de Christopher Nolan disparó la venta de ejemplares de la obra de Homero. Probablemente a buena parte de los compradores les acabe pasando como a mí, que los compré hace ya un montón de años y ahora me costó encontrarlos, aún vírgenes, en los estantes de mi biblioteca. ¡Una cosa es ver una película y otra roer un texto clásico! En cualquier caso, como me dijo en una ocasión un amigo, escritor y constructor, cuando le confesé que aún no había empezado su segunda novela: «Los libros son como los vinos. Lo importante es tenerlos en la bodega y ya llegará el momento de descorcharlos».
Eso fue lo que me pasó a mí después de ver la película de Nolan. Probablemente aún no le haya llegado la hora a Homero, pero sí a otro libro que también esperaba pacientemente: Las mocedades de Ulises. Todo un clásico de uno de mis autores favoritos: Álvaro Cunqueiro. Siendo tan cunqueiriano como soy, quizá lo tenía apartado por el prejuicio de ser una obra en castellano y considerarla por eso como más comercial, aunque he leído sus recopilaciones de artículos periodísticos, especialmente los gastronómicos, y casi todos están en la lengua cervantina. Las mocedades de Ulises es un relato atemporal, al estilo de Merlín e familia, que nos muestra a un Ulises mozo, al que sus padres mandan a hacer un viaje iniciático para conocer otros mundos, al estilo de esos años sabáticos que suelen coger los jóvenes de los países nórdicos después de graduarse. En Merlín e familia nos presenta al viejo mago, ya cansado de hacer trastadas, retirado a un pazo en la Tierra de Miranda, heredado de una tía segunda por parte de madre, donde vive con la reina viuda, Ginebra, y los criados de la casa, dedicado, esta vez, a poner su sabiduría al servicio del bien. Con esta obra abre Cunqueiro el «capítulo gallego» de la Materia de Bretaña que tan bien supieron continuar autores como Darío Xohán Cabana o la recientemente homenajeada en las «Letras Gallegas», Begoña Caamaño. Las mocedades de Ulises quizá no se preste a ese tipo de continuidades, pero nos permite disfrutar de una obra única que mezcla el Mediterráneo antiguo con el fantástico universo cunqueiriano, apta únicamente para leer de forma pausada, disfrutando de cada párrafo, igual que se deben beber los buenos vinos (tintos en Ítaca o claretes en Paros, donde Ulises fue a encontrar a su Penélope), saboreando cada trago. El viaje del mozo Ulises poco tiene que ver con el del guerrero vuelto de Troya, pareciéndose más al de un trovador medieval, galán de mozas, casaderas o apetitosas cuarentonas, como la señora Alicia de Paros, quien le alquiló a Ulises un palomar y le lavó los pies cuando se presentó como «El Bastardo de Albania»; y también amante del teatro clásico por decirse descendiente del rey Lear por la vía de Ricardo Corazón de León, quien usó de su abuela Amaltea cuando, cruzado él, desembarcó en Ítaca a hacer aguada y la encontró en camisa en una fuente; hecho por el que recibió la recriminación de su marido, Apolonio el Cojo, abuelo putativo de Ulises, por no haberle dado más solemnidad al trámite. Ulises, hijo de Laertes, el carbonero y rey de Ítaca, y de la pálida Euriclea; educado por Foción, el piloto, quien le enseñó a mirar al mar y el nudo púnico cuando Ulises cumplió los cinco años, cosa que aprendió a la séptima demostración. Del criado Jasón de Iolcos aprendió la venatoria y la amistad, y de Poliades, el tabernero, a saborear los vinos. Al contrario que Nolan, Cunqueiro resuelve con naturalidad la cuestión racial sin que la presencia de Lisardo, el «piloto alejandrino, negro de color», nos chirríe, ya que aclara su origen nubio. Tampoco parece fuera de sitio Mirto, el «etíope siempre sonriente, criado de Poliades. Se lo compró el tabernero a un lego franciscano que venía del Preste Juan», ni la de Gallos, príncipe real de Firín, en Irlanda, y compañero de Ulises en el barco «La joven Iris». De Helena, «la más hermosa de las damas antiguas», lo poco que nos dice, en nada nos recuerda a Lupita Nyong’o. Solo que «en verdad era tontivana y la mayor parte de su belleza consistía en afeites y balanceos estudiados», porque, después de todo, también tienen que quedar puertas abiertas a nuestra imaginación.