Relación hombre-mujer desde la naturaleza
El autor describe los cambios mencionados, colocando inicialmente a la Naturaleza como mera observadora

Escribía en esta misma página, recientemente, que la evolución en la relación entre hombres y mujeres avanza a gran velocidad, sobre todo en la forma. Una vez admitida, de hecho y de derecho, la existencia de diferentes géneros cambiantes producidos por los deseos personales, la multiplicidad de combinaciones posibles entre los sexos y los géneros correspondientes (y las que están por llegar no tardando, incluidos los cruces con los animales, que también son seres de la misma naturaleza) estamos asistiendo a un cambio sin precedente en la evolución de la especie humana.
Hasta ahora, la cuestión del proceso de la reproducción de la especie era simple: Dentro del útero femenino (ahora podría ser, por ley, masculino) se formaba el nuevo ser, una vez fecundado un óvulo femenino por un espermatozoide masculino. Dichos términos pueden invertirse actualmente y el resultado sería el mismo (ojo al titular: «Un hombre preñado por su marido mujer ha dado a luz a un niñe cuyo sexo se determinará según deseo posterior del mismo»). No tardando se prescindirá del continente (el útero) para el desarrollo del embrión, producidos éstos en serie en recipientes (úteros artificiales) conectados a tanques con contenido de los nutrientes necesarios al efecto. Por otra parte, además de la clonación, conocido al dedillo el sustrato genético del que estamos compuestos, y manipulado por expertos genetistas el material correspondiente, se podrán conseguir productos a la carta para uso y consumo según los gustos y necesidades de los mandamases de la sociedad. Eso que antes se consideraba ciencia ficción (Aldous Huxley dixit hace casi un siglo en su famosa novela «Un mundo feliz»), utopías y distopías, pasarán a la historia; lo mismo que lo denominado ética, moral, justicia, bien común, etc., etc., conceptos ya superados, obsoletos, inservibles. ¿Qué ha hecho la Naturaleza al respecto? Veamos lo que el filósofo y escritor Jean Pierre Montgomery (nombre ficticio) relata en su libro titulado
La Deificación de la Naturaleza y su Relación con los Humanos (nombre inventado; es una simple y oportuna licencia del narrador). El libro repasa pormenorizadamente los cambios acaecidos, desde el inicio de su andadura hasta nuestros días, en las relaciones entre hombres y mujeres. Explica en el prólogo el porqué del empleo del vocablo «deificación»; viene a ser que la Naturaleza alcanza atributos propios de Dios y los utiliza cuando lo cree conveniente. Hecha esta aclaración, el autor se extiende en describir el proceso de los cambios mencionados, colocando inicialmente a la Naturaleza como mera observadora para involucrarse después como coprotagonista de los mismos, o como factor necesario para que esos cambios se produzcan. Total, que el autor desgrana su mirada con el objetivo de, tal como van desarrollándose las cosas, profetizar o adivinar el porvenir de las mismas. Ahorro al lector los primeros capítulos del citado libro para centrarme en la descripción tanto del pasado reciente como cara a un futuro que el autor «da por hecho». Se permite incluso escribir de forma histórica «retrospectiva y prospectiva», es decir que juega con el pasado y el futuro a su voluntad. En el capítulo XII del libro: «La Naturaleza constata los numerosos ardides con los cuales los seres humanos tratan de evitar el proceso creativo, pero sin disminuir un ápice el placer que ella ha dispuesto relativo al proceso en cuestión». Lo mismo sucede con las múltiples formas de gozar de dicho placer en uniones o en soledad que nada tienen que ver con el proceso de la vida. Nada que no sepamos. La Naturaleza, según el autor, asiste, en principio, divertida ante el ingenio de uno de sus seres. Mas tarde se enfada y le pasa factura de diferentes formas, algunas solo con molestias más o menos llevaderas y otras más serias y que llegan a poner en peligro la propia vida de los protagonistas, tanto para los que dan como para los que toman. Nada que no sepamos tampoco. En el capítulo XX: «La Naturaleza comienza a plantearse hacer algo impactante con estos seres humanos que se van distanciando cada vez más de las pautas establecidas por ella». Critica y judga que no está de acuerdo con la deriva y el cachondeo llevados a cabo por esos seres que no tienen en cuenta para nada ni la diferencia de sexos, ni el género, ni el número de protagonistas implicados; y lo que tolera aún peor: no tienen en cuenta la ligazón afectiva que ella había dispuesto con esmero entre el hombre y la mujer. Bueno, y también entre hombre y hombre y mujer y mujer, aunque el autor no es explícito en ese aspecto, pero se intuye. Total, que decide modificar las sustancias que utiliza el cerebro en todo el trajín que conlleva la relación mencionada. Y no solo eso, sino que decide modificar ciertos caracteres sexuales propios del hombre y de la mujer. Al margen de las variantes y mutaciones cromosómicas y desviaciones de ciertas proteínas que a ella se le han escapado siempre en ese baile genético iniciático, la Naturaleza empezó a urdir una especie de «venganza», pero que denomina, simplemente, corrección o adaptación a las nuevas circunstancias. Así en el capítulo XXIV, titulado «la Naturaleza toma una decisión drástica», el autor afirma que, una vez que la Naturaleza constató que los nuevos seres que venían al mundo no precisaban de la alimentación láctea de la que antiguamente se llamaba madre, decidió prescindir de las mamas de las mismas, que se fueron atrofiando hasta su desaparición. Lo justificaba siguiendo el principio de que aquello que no se ejerce acaba desapareciendo por inútil. Aquí, el autor explica que la Naturaleza parecía desconocer la importancia que los hombres y las mujeres daban a las mamas, al margen de su secreción. Total, que el hombre sufrió un shock al contemplar la lisura del pecho femenino, y lo mismo le ocurrió a la mujer al verse desprovista de uno de sus atributos y encantos principales. Siguió la Naturaleza con su plan de rebajas y supresiones de lo ya inútil. Así, hizo desaparecer el útero, aunque, de momento, dejó el conducto que le comunicaba con el exterior para evitar brotes de locura en caso de su desaparición, dada su adicción al mismo. La naturaleza tampoco se olvidó de dar un repaso al hombre a quien empezó por disminuir su musculatura y a modificar su cerebro que se iba atrofiando sin razón aparente. Decidió, asimismo, inutilizar la eficacia de los espermatozoides ubicados en los testículos a los que el hombre daba mayor importancia que a su propio cerebro. Parecía que el plan de la Naturaleza era convertir definitivamente al hombre en mujer y viceversa, e incluso en hacer ovípara a la especie. También pensó en un hermafroditismo estéril. Se notaba, según el autor, que la Naturaleza estaba muy cabreada y más cuando comprobó que el hombre se había vuelto adicto a la inteligencia artificial y a la realidad virtual, contrarias a la natural, hasta tal punto que prefería con mucho las primeras a la segunda. El autor, en el último capítulo del libro, a modo de ejemplo y a saber con qué intención, describe una relación de una pareja de dos jóvenes de la especie humana futura. Ambos, longilíneos y barbilampiños, lucen cabelleras sedosas y generosas, y con nombres intercambiables, pues ella se llama Patrocinio y él Trinidad. Se atraen y practican sexo sin otra finalidad aparente que la de retornar a sus orígenes buscando el sentido perdido para siempre, y, además, sin placer en sus encuentros. El autor no precisa si la naturaleza piensa seguir en la misma línea o no.