La oledera
Hemos edificado una civilización tan temerosa de su propia sombra que prefiere el artificio incorpóreo de los maniquíes a la calidez imperfecta de las personas

Crecí en una casa de campesinos, en los sesenta, donde el cuarto de aseo lo componían: una palangana en el corral y la cuadra de vacas. Me educaron en un colegio de curas, en los setenta, donde nos orientaban a ducharnos una vez a la semana. En el colegio, cuando la Facultad, por los ochenta, las duchas se visitaban dos veces por semana, salvo sudada en el gimnasio o el patio.
En mis lecturas de entonces, en las novelas de Henry James o Aldous Huxley, me asombraban los hábitos de la aristocracia británica de la época victoriana, lo de cambiarse de ropa cada vez que bajaban al comedor y antes, hacerle una visita a la ducha. Ahora, cincuenta años más tarde, los nietos me dicen que hay que ducharse al menos una vez al día y algunos ya alertan que no menos de dos. Y arrugan la nariz sin descanso, avizorando como aves de presa a la víctima que pase por sus linderos con el mínimo aroma corporal natural. La crucificarán sin compasión como doctor en guarrería. Así que la pregunta es obvia: ¿dónde está el punto de equilibrio entre las exigencias de los psicóticos del aseo y el elemental sentido común? ¿No será que nuestros cachorros, (de la nevera siempre llena, la cama siempre hecha y el aseo siempre aseado), se han dejado abducir por la delirante fanfarria del hiperconsumismo obsesivo y, aunque votan al zurdismo radical se han hecho marquesitos de la aristocracia victoriana? Esta estirpe de jóvenes con pedigrí señorial, que predica la igualdad universal desde los torreones de su comodidad ininterrumpida, ha instaurado un despotismo olfativo donde la piel humana se trata como una vajilla de porcelana que requiere esterilización industrial constante. El primer argumento que desmorona semejante disparate nos lo devuelve la propia ciencia: los dermatólogos nos advierten que ducharse en exceso priva a la dermis de una capa lipídica fundamental, destruyendo la microbiota cutánea y despojando al cuerpo de unas sustancias naturales que nos defienden de patógenos externos, provocando a la postre lastimosas dolencias, eccemas y dermatitis de ricos. Es una ironía soberbia que quienes se autoproclaman abanderados de la salud y el bienestar terminen flagelando su propia biología en el altar de una pulcritud postiza, cambiando la salud real por la mera coreografía de la higiene. El segundo argumento reside en la profunda contradicción ideológica de esta grey con ínfulas aristocráticas. Mientras enarbolan discursos de desprecio hacia el capitalismo salvaje y el lujo burgués, se pliegan con docilidad borreguil a los dictados de una superestructura mercantil que los explota a través del frasco. Los fabricantes de perfumes y geles estimulan que desembolsemos cantidades cada día más gravosas en aromas de toda laya, envasados en sutiles anuncios de publicidad televisionaria que prometen una pureza angélica. Estos cachorros de izquierda caviar consumen con frenesí capitalista aquello mismo que dicen aborrecer, demostrando que su radicalismo de salón se arruga en cuanto perciben la más mínima disonancia en su cartografía sensorial. Por supuesto, los devotos de esta teología jabonil esgrimen la coartada de la convivencia democrática y el respeto al espacio ajeno, argumentando que la atmósfera urbana exige un pacto de neutralidad olfativa para no avasallar al prójimo. Se invoca el civismo como una muralla frente a la barbarie de los miasmas. Sin embargo, este argumento hace aguas al confundir la cortesía con la anulación de la criatura viviente. La verdadera educación cívica no consiste en someter al vecindario a una cámara de gas de almizcle sintético y desodorante en spray, sino en tolerar con hidalguía la condición orgánica de nuestros semejantes, aceptando que la vida humana, cuando es auténtica y laboriosa, huele a tiempo, a esfuerzo y a carne viva, no a pasillo de grandes almacenes. Hemos edificado una civilización tan temerosa de su propia sombra que prefiere el artificio incorpóreo de los maniquíes a la calidez imperfecta de las personas. Quizá debiéramos recordar que los pueblos que olvidan el olor de la tierra terminan gobernados por el perfume de los farsantes.