Leonesismo o nacionalismo. ¿Y qué?
Hubiera sido descortés no contestar a un escrito que alude a otro mío aunque ni a éste ni a mi persona se les haga explícita mención. El destinatario sabrá reconocerse. Aunque prefiero hacerlo mejor por la sociedad leonesa, muy necesitada de cambiar el paso y los ritmos con la ayuda de su conciencia territorial, de la guía de sus ciudadanos comprometidos y de que nada es mejor que el gobierno de uno, antes de que, pasado el tiempo en este no hacer nada que nada nos trae, nos lo lleve todo y sólo nos deje un solar. Cuando no se avanza, se retrocede.
Disquisiciones, interpretaciones, significados o qué encajes socio-políticos alberguen la consideración de llamarse leonesista o nacionalista, no es más que una etiqueta que se expone ante los demás para parecer más suaves (leonesismo) o radicales (nacionalismo). Francamente, nunca he considerado que esas expresiones sean más avanzadas en la defensa de ningún territorio frente a la real pertenencia que todos tenemos a un lugar. Lo que yo planteo es, simplemente, ser respetado. Apurando más diría que la llamativa acentuación de pertenencia no es más que el grado de cabreo. En ambos casos una discrepancia política denunciando la incomodidad que se tiene y promoviendo el cambio del orden porque éste se entiende injusto. Por cierto, tal es nuestro error nominal regional, que leonesismo induce a provincialismo (provincia) y resta regionalismo (multiprovincia). También el regionalismo puede ser nacionalismo de regionalismo acendrado. Por supuesto los hay contrarios a los cambios porque entienden que el orden, el lugar, la forma y el entorno actuales participan de «lo que tiene que ser». Pero todos sabemos que si bien en este colectivo los hay convencidos (cómo y por qué son condicionantes a estudiar), también están los practicantes de su único provecho defendiendo que nada cambie. Esto es lo que debe solucionar más pronto que tarde el leonesismo, el nacionalismo o el simple leonés que, efectivamente y entre todos, sean conscientes de que su tierra ha recibido trato injusto en el marco del Estado. Creo que ya he referido en alguna ocasión unos escritos del poeta Joan Maragall defendiendo España, sí, pero la España plural: «... no arrastrándose por las callejuelas provinciales... no agarrotada como hasta ahora en el uniformismo que es contrario a su naturaleza, no en el aire corrompido de un centralismo cerrado... sino que debe vivir en los cuatro vientos de los mares que la rodean... en la libertad de sus pueblos sacando del terruño propio el alma propia y del alma propia el gobierno propio...». Pero seguimos casi igual. La justicia (y entiendo por justicia dar a cada uno lo suyo) no fue la misma en unos lugares que en otros. Donde convino unir tierras se unieron y donde interesó dividirlas se dividieron, dándose casos de unir diferencias o separar sociedades cultural e históricamente afines o iguales. Pura arbitrariedad. El Estado demostró sus miedos y desconfianzas,
ergo en el Estado de todos no hay armonía. Discuto la realidad como plano invariable porque estoy convencido que la realidad tiene muchas caras, que unas se solapan sobre otras y que siempre hay una tendencia a la preponderancia de los que buscan más legitimidad. En todas hay apreciaciones genuinas, diferenciadas y particulares que han formado la estructura social con una personalidad tan digna y verdadera como las que se arrogan el derecho de marginarlas. El aplastamiento de unas sobre otras dice de la fragilidad del que lo hace. El hoy que es trae al mañana que no lo será. Cuando Xabier Arzalluz dijo aquello de «nacionalismo español», muchos de la costumbre y el pensamiento fijos exclamaron su asombro. Uno no se ve sus propios defectos. A León le quitaron su realidad, a León le burlaron su derecho, a León le tienen en el rincón de la desconsideración. Por eso me llama la atención que alguien aplauda o comprenda a quien desconsidera. Tantas veces he dicho que el dolido tiene derecho a dolerse que, de obvio que me parece, el no hacerlo es cometer error de alto perjuicio contra uno mismo. Quizá hoy el leonés es un perfecto acoplado a su derrota. Se me refiere que el FC Barcelona suprimió los actos de homenaje a sus campeones del mundo por otro a la bandera estelada (en el idioma de Castilla, estrellada). Lo explico: unos días antes en Valencia la Policía Nacional apaleó a un chavalín de 18 años aficionado de ese club por llevar esa bandera, que podrá ser insulto para algunos (¿lo ve?), pero no ilegalidad. Y en este caso los pueblos que lo son y sus instituciones deben hacer lo debido: salir en defensa de sus significados sensibles antes de que se parezcan a León, sin ir más lejos, donde hacer y deshacer sale gratis. Hace años un equipo vasco de basket, creo que entonces se llamaba TAU Cerámica, se enfrentó al Elosúa León en la casa de éste, el pabellón de deportes. Los seguidores vascos que cantaban sus consignas y portaban pancartas en euskera fueron abucheados. El problema es que no queremos ver el problema. Que estamos subsumidos en una cultura de mentira y fórceps que nunca ha pretendido entender la pluralidad, sino implementar la uniformidad emanada de la matriz castellana. Que el monstruo del ombligo central está colmado de infraestructuras y riquezas regaladas y no abandona la tentación de decirnos cómo tenemos que ser. Que lo peor reside en esa comprensión que alimenta el abuso de la desigualdad que beneficia a unos y perjudica a otros. Verá, paisano, el tiempo y las consecuencias no mienten. Castilla primero y España después es lo peor que le ha pasado a León, tal cual. Obviamente al León territorial, cultural/lingüístico, social, económico, identitario y a la leonesidad en su conjunto y en todas sus tierras. Nos han hecho pequeños y pensamos con esa estatura. Pero eso nos pasa porque nos faltan uñas. Salvo que alguien me diga dónde está León en todos esos conciertos que definen «pueblo» y fuerza, por un lado, o mera sociedad desorientada y débil, por otro, la realidad no se puede ignorar. Decir que «el modelo leonés de España es algo que se ha podido ver a lo largo de toda su historia», por favor, digan cómo, dónde, cuánto y cuándo, al margen de algunos reconocimientos muy tardíos para explicarlos y reconocerlos el gran público, casi conseguidos a pico y pala por algún aventurero solitario y sin que haya sido orgullo visible para los estamentos de la directriz oficial de pautas, consignas e ideario estatales. Mejor las fantasías del Cid, para irnos encaminando, y otras reinterpretaciones históricas con clara intención de reproche y tacha que llevaran a la sociedad a la pérdida de su autoestima y pertenencia. No, nunca hemos interesado más que para ser enterrados muy abajo, hasta el olvido. León siempre fue la antítesis de la soberbia Castilla, y su posterior expansión la misma Castilla hasta donde pudo, que no es lo mismo que hasta donde quiso. Subvertir en parte esto requiere de otro tono y otro ritmo. Al gran León lo humillaron, lo anularon y lo convirtieron en un apéndice. Hoy todo el noroeste y occidente español están perjudicados. Por eso estamos tan bien y somos alguien... además de una desbandada de entusiastas perdedores y cómplices de a quien nada se le debe. Claro que los principales culpables siempre seremos nosotros.