Diario de León

Santiago Gómez Salán
​Profesor de Enseñanza Secundaria

Profesor De Enseñanza Secundaria

La educación, entre el autoritarismo y la sobreprotección

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El informe PISA 2025 de la OCDE, publicado a comienzos de este curso y centrado en el rendimiento del alumnado de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias, ha vuelto a encender las alarmas. Los resultados españoles han empeorado considerablemente y se encuentran entre los más bajos registrados por nuestro país. No me corresponde interpretar técnicamente el informe PISA ni defender una ley educativa frente a otra. Para eso están el Ministerio de Educación, las consejerías y sus respectivos expertos y asesores, que analizarán los datos y cada Administración destacará aquello que mejor encaje con sus propias políticas. Me interesa algo más cercano: preguntarme qué hay detrás de esos resultados desde la experiencia de quien primero fue alumno y lleva tres décadas y media ejerciendo como profesor.

Castilla y León continúa obteniendo resultados comparativamente buenos y se sitúa entre las mejores regiones de España, pero eso no debería conducir a la autocomplacencia. Estar mejor que otros no significa necesariamente estar mejor que antes. También aquí se ha producido un retroceso. Sería un error presentar el sistema educativo español como un desastre absoluto, pero lo sería igualmente pensar que nuestra Comunidad no tiene motivos para preocuparse. Las categorías generacionales agrupan realidades diversas y deben usarse con cautela. Los

baby boomers, la generación X, la generación Z o la denominada «generación de cristal», por mencionar algunas, son etiquetas que pueden servirnos para observar cuánto ha cambiado la educación en apenas tres generaciones. Los padres de quienes ya hemos rebasado los sesenta años fueron escolarizados, en muchos casos, en los años cuarenta, en plena dictadura franquista. Era una educación marcada por una rigidez y un concepto de autoridad que hoy resultarían difícilmente asumibles. Nadie sensato debería sentir nostalgia de una escuela en la que la disciplina pudiera confundirse con el miedo y la autoridad del maestro o del profesor apenas admitiera discusión. Mi experiencia escolar fue ya muy distinta. A comienzos de los años setenta, cuando España seguía bajo el franquismo, la sociedad y la propia educación estaban cambiando. La escuela había suavizado considerablemente algunos rasgos del pasado. Existía disciplina, se respetaba al profesor y había límites claros, sin que eso impidiera educarnos en una sociedad cada vez más abierta. No idealizo aquellos años ni creo que todo tiempo pasado fuera mejor. Pero tampoco recuerdo que exigir esfuerzo, estudiar, suspender un examen o tener que responder por un comportamiento inadecuado se consideraran agresiones contra el alumno. Alejarnos de una escuela autoritaria no debería hacernos perder la perspectiva ni llevarnos a debilitar la autoridad del profesor o rebajar la exigencia académica. Recién estrenada la década de los noventa pasé al otro lado del aula. Desde entonces he visto desfilar leyes educativas, reformas, currículos, sistemas de evaluación y conceptos pedagógicos que un día parecían imprescindibles y pocos años después eran sustituidos por otros. La escuela ha mejorado en aspectos fundamentales: es más inclusiva, atiende mejor situaciones personales antes ignoradas y ofrece al alumnado derechos y apoyos que conviene preservar. La cuestión es si, junto a esos avances, no hemos ido desplazándonos demasiado hacia el extremo opuesto. PISA invita a reflexionar sobre estas cuestiones. La atención, el esfuerzo y la comprensión siguen siendo esenciales, por muchas herramientas tecnológicas que incorporemos al aula. También preocupa que parte del alumnado tenga problemas para enfrentarse a textos largos y comprenderlos en profundidad. Para quienes llevamos años trabajando con adolescentes, la lectura apresurada, la dificultad para mantener la atención o cierta resistencia ante tareas que requieren concentración durante un tiempo prolongado no son fenómenos desconocidos. Las pantallas tienen probablemente mucho que ver, pero los jóvenes no han creado el mundo en el que viven. Lo hemos creado los adultos, y somos nosotros quienes les hemos proporcionado dispositivos a edades demasiado tempranas, quienes organizamos buena parte de su vida y quienes hemos ido construyendo un modelo social en el que esperar, aburrirse, equivocarse o enfrentarse a una dificultad parece cada vez menos soportable. Algo parecido ocurre con la denominada «generación de cristal». Si existe hoy una menor tolerancia a la frustración, deberíamos pensar antes qué hemos hecho los adultos para favorecerla. La sobreprotección no procede de los adolescentes, sino de las familias, de la sociedad y del propio sistema educativo. Evitarles todo disgusto, justificar cada tropiezo, convertir un suspenso en un problema que debe explicar el profesor antes que el alumno o considerar la repetición como un fracaso que hay que impedir puede transmitir un mensaje peligroso: siempre habrá alguien dispuesto a librarlos de las consecuencias de sus propias decisiones. Quizás debamos preguntarnos si no hemos confundido igualdad de oportunidades con igualdad de resultados, atención a las dificultades con su eliminación, protección con sobreprotección y una escuela más humana con una escuela menos exigente. Un alumno necesita apoyo, pero también aprender que no todo sale a la primera, que algunos objetivos requieren esfuerzo y que un fracaso puntual forma parte del propio aprendizaje. Las sucesivas reformas educativas han modificado profundamente la evaluación, la promoción y la repetición, mientras el profesorado ha tenido que adaptarse una y otra vez a las nuevas terminologías, procedimientos y exigencias burocráticas. Cada nueva ley ha prometido mejorar la anterior, pero ha faltado tiempo para reflexionar con calma sobre qué funcionaba y qué no antes de volver a cambiar el rumbo. Nada de esto implica regresar a la escuela que conocieron generaciones anteriores. Entre aquella rigidez y ciertas formas actuales de permisividad hay espacio para una educación basada en el respeto y la exigencia, los derechos y las obligaciones, la atención individual y la responsabilidad personal. Tal vez, al alejarnos de una escuela demasiado autoritaria, hayamos terminado desconfiando también de conceptos que nunca debimos abandonar. PISA no tiene todas las respuestas, pero sus resultados deberían servirnos para formular algunas preguntas incómodas. Después de tantas leyes, reformas y lecciones grandilocuentes sobre innovación educativa, quizás haya llegado el momento de preguntarnos si nuestros alumnos aprenden realmente más y mejor. Porque una educación moderna, inclusiva y respetuosa puede y debe serlo sin renunciar al conocimiento, al esfuerzo, a la atención, a la disciplina y a la responsabilidad.

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