Enrique Ortega Herreros

Médico Psiquiatra Jubilado

El felón está en su salsa

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¿Han visto la cara de satisfacción del «cara de cemento armado» empleándose a tope en su ejercicio favorito de mentir por un lado y el de lanzar promesas sin ánimo de cumplirlas por otro? Es la propia imagen del muerto resucitado por arte y magia de un chute de «narcisina», una sustancia neurotransmisora cerebral específica que él produce en demasía para su gloria y satisfacción y la de aquellos «felonoides» que le rodean y aplauden. Y es que, «no estaba muerto, andaba de parranda…» Pues bieeen… (Zapatero concluyendo en su inefable soliloquio sobre su peculiar concepción del universo), remata un famoso humorista: «no pasa ná, pero que sepas que ser, eres». ¿Qué soy?, increpa. Un felón, es su contundente respuesta.

Gobernar, bah, quita para allá. Prometer, manipular, regirse por mis propias leyes, aunque éstas sean contrarias a las establecidas en la sociedad, engañar regodeándome en el arte del trilero o el del prestidigitador es lo más de lo más. Los ojos chispean, los músculos se relajan, la sonrisa se hace la señora de la cara, el placer se siente próximo al desparrame. La idea es que la lucha contra un contrario, real o inventado para la ocasión, debe ser el centro de mi discurso, poco importa que éste sea falaz y pretencioso. Siempre es fundamental señalar a un contrario, bueno a un enemigo para, a continuación, achacarle a él el origen del mal, viniendo al rescate el salvador y luchador infatigable dispuesto a salvar al pueblo del yugo del opresor. Es decir, ¡yoooo! (y yo, y yo y nada más que yo…), grita y se pavonea sin cesar. Seducir («¿No es verdad, pueblo querido, que de sobra es conocido que a este lado de la historia se respira con holgura y vuestra ilusión perdura en la memoria?»). Eh ahí la clave, seducir prometiendo, prometiendo, prometiendo, que es cual caricia inefable, un sonido armonioso que revoluciona las neuronas y predispone al seducido a la entrega (de su honor o de su voto). Y él felón lo sabe. De sobra que lo sabe, pues es su modus operandi, y ese sistema ya le ha funcionado antes. Y tampoco le duelen prendas recurrir a otras tretas que también domina, al margen de la ética o la estética, normas antiguas, propias de los manipuladores del pueblo; igual que eso de invocar el imperio de la ley. Habrase visto semejante chorrada. ¡Bravo, bravo! Babean enardecidos los de la banda y partido. Le hacen la ola y proclaman: Pedro, Pedro, Pedro es cojonudo, con los ojos mirando a Cuenca y saliendo de sus cuencas. Y Pedro se regodea, se pavonea y recrea con las loas en su honor y maestría en el arte de engañar sin que lo parezca tal. Y cuando se viene arriba, ya le da igual la mentira, pues asegura muy ufano que la verdad verdadera la esconde en la otra mano. Y besitos por acá, meneítos por allá… ¿Recuerdan la canción del pirata, de Espronceda? Pues bieeen…: «Con miles de esbirros en nómina y banda, el viento sople o no sople en popa, comiendo la boba sopa va prometiendo y mintiendo cual un bellaco arlequín». «Más que capitán, pirata con credenciales le llaman. No es por su bravura tenido, es por ser un caradura y un creído. Tampoco es un ídolo caído, pues se levanta y esponja, y cuando muerto parece resucita y no se ha ido». «Próximas las elecciones se dan situaciones tales que él dice tener remedio para todos esos males. Y cuando canta en la popa, a un lado está Moncloa, al otro está Europa y allá a su frente Alcalá Meco le hace guiños por aquello de la estopa». «Con promesas mentirosas, decretos barriobajeros oportunistas, indultos, amnistías y demás tretas al uso, piensa ganar el iluso la batalla electoral. Y si eso no ocurriera, ya tiene pensado el tío encender e incendiar, si falta hiciere, desde la calle hasta el río». «Y repite sin cesar: Yo soy mi mayor tesoro, que es mi dios mi libertad, que soy como el mar bravío, a quien nadie impone leyes e impera mi voluntad». Aplausos enardecidos, sonrisas babeantes, fulgor en las miradas arrobadas de los suyos. Algunos convencidos de tener en frente de sí a un héroe o semidios, un Hércules de la política con mayúsculas o, por qué no, al mismo Zeus encarnado para la ocasión. «Ay verde que te quiero verde, azul no que da mal fario, y propio de la derechona es; mejor rojo como la sangre del pueblo que da votos a mi ser». Pero, en labios del propio Lorca, «¿quién vendrá y por dónde? Compadre, vengo sangrando…» Y por fin el pueblo hablará y, diga lo que diga su veredicto, será objeto de interpretaciones diversas, incluso contrarias como si el pueblo emplease palabras polisémicas, frases encriptadas, deseos difusos. El «román paladino» no sirve en estos casos. Es posible que se haya llegado a la conclusión de que el pueblo no sabe exactamente lo que quiere, ni la intensidad de su deseo, ni el miedo al otro. Demasiado tiempo callado aguantando injusticias, trapicheos, corrupciones de todo tipo y condición. ¿No se atrevía? ¿No le preguntaron? ¿Se sentía incapaz o pasivo y desvinculado del proceso que se estaba llevando a cabo en sus propias narices? ¿Serán los políticos los únicos en saber interpretar el lenguaje del pueblo, y ya no digamos, el gran felón? Es posible que los elegidos añadan algún matiz, alguna pincelada al cuadro original, pero lo medular del lenguaje del pueblo no debería conllevar interpretaciones contradictorias. No se puede ganar perdiendo o viceversa. Es como afirmar que el resultado de un partido de futbol no solo es válido el resultado de los goles, sino que hay que tener en cuenta los pases llevados a cabo. O que, por ejemplo, «solo» se ha perdido por doce a dos. Una vez más me quedo contemplando el mejunje de intereses, miedos, tendencias, vicios y virtudes, valores y contravalores de los componentes de una sociedad que pretende ser civilizada y justa. Se enfatiza que todos somos iguales ante la ley, pero esa misma sociedad admite de facto que no todos son igualmente tratados ante la infracción de la misma o a su derecho. Aquello de «hecha la ley, hecha la trampa» funciona, aunque contradiga la propia esencia de la norma. El abuso, la corrupción, la manipulación, el engaño, la mentira etc., son ejemplos más que evidentes de lo mencionado. Y todo eso, el felón lo sabe más que de sobra. Sabe que la promesa abre una ventana a la esperanza, que el miedo asusta y pone en guardia, que la ilusión se nutre de dichas por llegar. También sabe que existen muchos electores entregados ante un discurso que pinta un futuro mejor, que sólo él y su partido podrán llevar a cabo, pero que jamás lograrán sus oponentes políticos, enemigos peligrosos por supuesto, que no adversarios. Sabe que muchos están dispuestos a perdonar sus mentiras, su falta de cumplimiento de las antiguas promesas, su corrupción incluso, su narcisismo. Y eso ocurre porque admiten que es, ante todo, nuestro corrupto felón y narcisista. Y ¿qué?, enfatizan entre orgullosos y desafiantes.