Diario de León
Publicado por
Rafael Torres
León

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Barcos y aviones desaparecidos sin dejar rastro, desvanecidos en algún punto de sus rutas, han servido de festín formidable para alimentar la fantasía algo majadera, pero rotundamente cutre en cualquier caso, de los devotos partidarios de los ovnis y los extraterrestres, de toda esa gente que ni comprende ni valora el misterio y las magias que, como diamantes luminosos, se esconden en los pliegues de la realidad. Uno de esos aviones desaparecidos de súbito, esfumados en algún momento de su viaje entre un aeropuerto y otro, constituyó hasta hace un par de días para esa gente una de las pruebas más incontrovertibles de los platillos volantes, naves e otros mundos que habrían secuestrado o abducido al avión de pasajeros que unos montañeros acaban de hallar, 27 años después de que se estrellara, entre los peñascos de las cumbres americanas de nieves perpetuas. La conmoción del hallazgo de los restos de ese avión y de los de sus tripulantes y pasajeros, intactos merced al mucho frío que hace en los techos del mundo, es infinitamente superior, por más real e inquietante, a la prefabricada y tontaina sensación de las hipótesis que los situaban, como mínimo, en Andrómeda o en Raticulín. Las imágenes que nos han llegado de ese pecio de las cumbres nos muestran el fuselaje, los motores y las diversas partes del aeroplano esparcidas por la nieve y revueltos con ellas los cadáveres de esos infortunados pasajeros a los que se les paró el reloj una tarde del año 1975. Los equipajes, las carteras, los documentos de identidad hallados, pero sobre todo un periódico que contenía las noticias remotas de aquél día, nos sumergen en una aventura interior infinitamente más rica que la que propusieron los ígnaros pro ovnis, nada menos que la de contemplar un tiempo congelado, la de sentir cara a cara, en fin, el pasado. Las noticias del periódico del año 1975 eran, por lo demás, muy parecidas a las de uno de ahora mismo.

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