Diario de León
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León

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HACE unos años dos vecinos de Matarrosa, o por ahí, terminaron malamente por un chorrín de agua para regar unas escarolas o unos pimientos. La reyerta acabó con el ciudadano A colgado por los caninos del belfo del ciudadano B, y el caso perdido en los tribunales. Las querellas por el agua y no digamos por la tierra han sido siempre jodidas. Máxime en una comarca tan minifundista como el Bierzo, donde por dos palmos que te bailen la linde te puedes encontrar que lo que había sido siempre la finca del abuelo es de pronto el huertín. A eso es a lo que me tufa la matanza de Benuza. Bajo el surrealista comportamiento de vecinos, políticos y cazadores, se levanta un rotundo pestazo a disputas por quítame allí unos pastos, mucho más repugnante del que despiden las panzas rellenas de plomo de las reses que se pudren en los montes cabreireses. Dicen los cazadores que quienes deberían estar tras los toros salvajes deberían ser los cargos públicos y los comunicadores que cacarean a distancia. Y es cierto que primero los vecinos dieron la torra durante meses sobre la necesidad de que se atajaran los desmanes bovinos; que luego el Ejecutivo contrató a no se sabe bien que inútiles que fueron incapaces de sedar a las reses para proceder a su control; y que al final brotan como legión los lugareños, arropados por políticos y protectoras de animales, que arremeten contra los cazadores por abusar de unos mansos. No es cuestión de dogmatizar a tanta distancia, pero en el origen del dislate me sigue dando en la nariz que las vacas, que no entienden de fronteras ni de linderos, debieron profanar tal o cual arroyo o acaso meter el hocico en los pastizales de la aldea vecina. A partir de ahí, los rectores de la Junta han hecho el soberano ridículo acudiendo a los cazadores para balear a las vacas, y los dueños de las escopetas han perdido toda su dignidad deportiva al aceptar semejante reto. Es como si a Sadam le propusieran emplear los Al Samud II para cepillarse a la cabaña caprina de los kurdos. Una vez paralizada la batida -no sin antes aparecer como los tontos del país mediático- ahora hay quienes apuestan por la meditación para poner civilizadamente bajo control a las vacas e incluso aprovechar tanto chuletón como se ha desperdiciado al sol. Y también quienes prefieren seguir apareciendo en algún telediario más para solazamiento de los urbanitas recalcitrantes que hoy día observan a una parda alpina con dos tetos como a un exótico Tiranosaurus Rex. Pues con la vista puesta en éstos, seguro que los autores del estudio turístico para las cuencas -los que no ven rentable el tren Ponferrada-Villablino- aún podrían convertir a Benuza y a Odollo en el nuevo Far West y a las vacas bandoleras en protagonistas de un prometedor rodeo cabreirés. Y es que se empieza pleiteando por un gotín de agua o por medio cuartal de piedras, y no se sabe dónde puede acabar la historia. Tal vez desplegando el Ejército o colocando al ganado un sofisticado sistema de orientación GPS.

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