Diario de León
Publicado por
J. F. Pérez Chencho
León

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Siguen cayendo lágrimas de muerte sobre Irak. Son lágrimas negras, de infamia. Al mediodía de ayer, dos centenares de alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras, con sus profesores de vigías en retaguardia, gritaban contra la guerra en la plaza de Santo Domingo. En un momento determinado, su protesta rechinaba contra la manipulación televisiva. Es la que más daños colaterales genera. No dice nada sobre el cielo oscurecido de Bagdad, ni de los muertos -que los hay a centenares-, ni del arco iris rosa y gris fabricado por la aviación aliada. La muerte viaja a ras de suelo en Irak, como si fuera la sombra alargada de Caín. En la tele del Gobierno -ay, señor, qué vergüernza- Arenas Bocanegra pide, como en un nuevo apocalipsis, que Rodríguez Zapatero frene a sus cachorros para que no desguacen las sedes populares. Un día antes, el propio Zapatero había condenado el vandalismo de algunos manifestantes, pero no tuvo eco su manifiesto. La publicidad institucional no puede con "el hombre tranquilo". Si Rodríguez Zapatero estuviera en esa vorágine tremendista de agitación y votos, se habría despachado a gusto con la fuerza de la razón, no con la razón de la fuerza, contra la actuación policial, brutal y vigorosa, diseñada por el Gobierno para apalear a la opinión pública, en lugar de escuchar sus disensiones. En el Partido Popular no hay disensiones. Mejor dicho: no se permiten. O se está al cien por cien de acuerdo con Aznar, o se está en contra de él. Lo ha dicho sin tapabocas el ex-ministro de Trabajo, Manuel Pimentel. Se ha ido. No ha hecho lo mismo Juan Morano, quien adelantó su quejido contra la guerra, se escondió luego bajo los atriles, no aplaudió ni una sóla vez la intervención de José María Aznar en el Congreso de los Diputados, y continúa, como si nadie apagase su vela, en las alforjas del Partido Popular. Juan Morano es hijo natural de la demagogia. Posiblemente, el político leonés que más ha disfrutado y utilizado la idiocia de los demás. No se esfuercen: ahora tampoco romperá una lanza. No tiene los huevos políticos de decir, lisa y llanamente: No comparto ni comprendo la decisión de Aznar y por eso, finalmente, me voy. Juan Morano no se va. Tendrán que echarle. Desde su galería de las ondas persiste en ejercer de salvador. Esta semana se va a hartar. Lo hará más ardorosamente que nunca, después de que uno de sus herederos haya pedido la mano de una hija de Manuel Viloria, presidente de la Cámara. Todo queda en Congosto, desde cuyo santuario de la Virgen de la Peña casi se ven nadar a las carpas sobre el embalse de Bárcena. Es el nuevo núcleo de poder y decisión de El Bierzo. Me confirman la buena nueva el mismo día que Laudino García, corregidor de Igüeña, perdía su soltería. Está probado: Laudino ha pasado a engordar la nómina de casados. Por lo demás, no sé si León duerme, pero El Bierzo está agitado.

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