Diario de León
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NTRE los daños colaterales que produce en España la guerra de Irak deberían figurar ciertas alteraciones en el ánimo del portavoz parlamentario del PNV, Iñaki Anasagasti, cuyas arremetidas contrael Rey habrían fluido de una sindéresis destemplada. Lo importante en este asunto no es, sin embargo, la excitación o el desorden que en la mente de Anasagasti hayan causado una serie de factores exógenos, como la audiencia real al líder socialista Zapatero y no a un representante del PNV; lo importante es el alcance de unas críticas a las que se ajustarían perfectamente los calificativos de falaces y, por lo tanto, de injustas, además de desmedidas en el tono y no exentas en algún momento de un apunte de histeria. Son injustas y falsas las críticas de Anasagasti a la Corona porque en la situación claramente ambigua por la que deriva la implicación de España en la guerra de Irak no es posible la intervención del Rey. El presidente Aznar sostiene que la ayuda española al conflicto es de índole estrictamente humanitaria, aunque se sitúe bajo el mando del ejército atacante, y eso estaría lejos de ser un compromiso militar, que hubiera requerido una previa declaración de guerra, que al Rey le habría correspondido firmarla. Por otra parte, y contra el parecer de Anasagasti, el Rey lo es de todos los españoles, incluso de quienes no quieren que lo sea. Y una circunstancia como la actual, en la que el Gobierno, políticamente aislado, no aconsejaría a la Corona celebrar consultas con todos los líderes de la oposición, pues tal hecho supondría, dado el delicadísimo lenguaje institucional, que el Rey subliminalmente tomaba partido por el bloque opositor. Don Juan Carlos ha hablado con el representante de la alternativa de Gobierno, y ha bastado esa audiencia para mantener a la Corona en el fiel de la balanza política, en esa equidistancia, por encima de sus criterios personales, que permite hablar de un Rey de todos los españoles. Un ataque tan desorbitado a la más alta magistratura del Estado sugiere que el PNV, al margen de sus apetencias soberanistas/autodeterministas, se quiere tirar al monte, abandonando la planicie institucional. Deberían recordarse hoy las conversaciones de Arzalluz con el Rey en los primeros años de esta democracia que vivimos, en las que el nacionalismo vasco, además de mostrar su respeto a la Corona, veía en ella el lazo que afincaría al País Vasco en España. Bien es cierto que entonces, y desde su permanente doble lenguaje, la dirección del PNV se sonrojaba aún por muchos de los delirios sabinianos. ¿Por qué esta arremetida del PNV contra una Corona a la que siempre se aferraron los vascos?.

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