Diario de León
Publicado por
Federico Abascal
León

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El presidente Aznar se estaría obstinando en convertir España en lo que ya era, «una de las democracias más importantes de la Unión Europea y del mundo», pues a sus buenas relaciones con Washington, insoslayables, añadía una proyección diplomática e inversora de altos vuelos en Iberoamérica, más el prestigio de su equidistancia en Oriente Próximo y Medio, y un papel de primus inter pares en la UE, acoplado al eje francoalemán, que parecía ser el bueno. Y la política mediterránea parecía acertada, pues los problemas con el vecindario ribereño del otro lado del Estrecho se resolvían sin necesidad de tercerías protectoras, sino a base de diálogo y paciencia, cooperación mercantil y proyectos de futuro. A primera vista parece que Aznar intenta situar España a un nivel en el que ya se venía moviendo, aunque sorprende que en un almuerzo con empresarios dijera que España no debe ser sólo «un país simpático»; tiene que ser «un país serio» y como tal tiene que ser considerado y respetado en el mundo. Muchos españoles ignoraban que su país fuera simpático, por mucho que la simpatía haya sido entre nosotros hasta mediados del pasado siglo un oficio más bien minoritario, del que algunos vivían, sirviendo de intermediarios, de «conseguidores» o de agradable compañía. Pero España, como país, ha sido más dramático, con sol abundante, gracias al cual cubre el turismo el 12% de nuestro PIB. Da la sensación de que el presidente se expresa bajo la influencia de sus recientes lecturas, por lo que cita casi a diario de Winston Churchill, olvidándose de Azaña, en el que también apoyó Aznar algunos de sus propios criterios. Y como Churchill, Aznar subraya la responsabilidad que le habría inspirado la toma de decisiones poco amables, pero muy convenientes. Cabe esperar así que esta primer década del milenio termine con España situada donde le corresponde, y que en Iberoamérica se perciba su influjo democrático y fraternal, y en la Europa ampliada no se mida la importancia de un país por los votos que consiga sino por la sensatez de sus propuestas. Y es de esperar también, aunque desde una esperanza muy reducida, que en Oriente Medio no explote el odio, y que en el Próximo sea posible la paz que se soñó en Madrid y se acarició en Oslo. En seis o siete años hay tiempo suficiente para disipar las secuelas del actual desencuentro con Francia y de fortalecer las relaciones hispanomarroquíes, valorando la confianza mutua por encima de cualquier tercería protectora. Sería estupendo que pudiéramos mantener como país la importancia que teníamos al iniciarse este milenio. Seriedad, sí, pero con simpatía, sintonizando con el mundo.

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