El saqueo de la civilización
Todo era mentira, aunque ahora nadie quiera recordarlo. Mentira burda lo de las armas nucleares, mentira lo de las «terribles» armas de destrucción masiva (los únicos que las tenían y tienen son en verdad los americanos), mentira el objetivo proclamado ante la ONU. La prueba son los muertos. Los de la coalición angloamericana no han llegado a los 150, los iraquíes, decenas de miles, no los sabremos nunca. Tres semanas han bastado a la maquinaria de guerra más poderosa de la tierra para aplastar a un ejército del tercer mundo y hacer huir a un sátrapa. Ese resultado era lo único seguro. Pero lo que no esperábamos de la invasión y ocupación de Irak es que los vencedores recibieran la aclamación de saqueadores y ladrones y que estos a su amparo arrasaran las ciudades presuntamente liberadas, no respetando siquiera a los hospitales donde agonizaban los heridos y al tesoro de la humanidad que guardaban los museos. Los marines ni siquiera han querido defender el patrimonio de la humanidad, los restos de una civilización que realizó la primera y más importante revolución del ser humano: el salto de la caza y la recolección a la agricultura y la ganadería, la invención de la escritura y de las matemáticas. Sonrientes los soldados del imperio de la hamburguesa han dejado a la turba que destruya los vestigios de aquella civilización milenaria, el Museo Arqueológico Nacional de Irak ha sido asaltado, saqueado y lo que no ha sido robado ha sido destruido a golpes. Todo un símbolo. Pero no solo estético. Lo es también ético. Esta, aunque aún no lo percibamos, nos ha roto a todos la civilización y no pocos de los principios en los que se asentaba nuestra vida. La bombas han caído sobre todos nosotros y todos hemos sucumbido un poco. Ahora toda una nueva sarta de mentiras y alguna renovada pantomima en el teatro de la ONU pretenderá acallar cualquier memoria para que los poderes del mundo puedan ir detrás del carro de los vencedores.