Diario de León
Francisco Muro de Íscar
León

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Setecientos mil jóvenes el sábado en Cuatro Vientos escuchando a Juan Pablo II. Más de un millón de personas ayer en la misa en la plaza de Colón. Todo un dato en la España descristianizada que algunos pregonan. Hubo seis protagonistas: Pedro Poveda, educador de los marginados y de los sin recursos; José María Rubio, el jesuita que proponía «hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace»; Genoveva Torres, volcada en las personas solas y necesitadas de consuelo; Ángela de la Cruz, el servicio sin límites a los más necesitados; Maravillas de Jesús, la austeridad como valor, la entrega total a un ideal sin olvidar su entorno. El sexto fue Juan Pablo II: «la fe cristiana y católica -dijo- constituye la identidad del pueblo español. Conocer y profundizar el pasado de un pueblo es afianzar y enriquecer su propia identidad ¡No rompáis con vuestras raíces cristianas! Sólo así seréis capaces de aportar al mundo y a Europa la riqueza cultural de vuestra historia». Toda la visita ha sido una invitación al diálogo permanente y al entendimiento entre los hombres con «ideas que se proponen y no se imponen»; a la paz, construida sobre bases sólidas y justas; a la defensa de la vida, sin condiciones, y de la libertad, sin exclusiones; a la condena de la violencia, de la guerra, de los nacionalismos exasperados, del racismo y de la intolerancia; al compromiso de todos, pero especialmente de los jóvenes con la verdad y con la Verdad; a la apuesta por los desfavorecidos. Juan Pablo II ha dicho que confía en los jóvenes para llegar a ese mundo más justo que busca el cristianismo. Ellos tendrán que cambiar muchas cosas, muchas herencias recibidas. Pueden hacerlo. Y harán bien Zapatero y Aznar en tomar nota del verdadero rostro de la Iglesia visto en Madrid. Se quiera o no, los valores cristianos son la esencia de la construcción de España y de Europa. Y los jóvenes viven y defienden esos valores, apuestan por la paz y por la libertad.

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