No hay quinto malo
Ha concluido la visita de Karol Wojtyla, pero no se han apagado los ecos. Hay unanimidad al elevar a los altares el refrán de que «no hay quinto malo». Era la quinta visita del Papa Juan Pablo II a España y el balance, a toro pasado, es absolutamente brillante. Es como si hubiésemos acogido al gran abuelo de nuestra fe, recuperado de jaquecas, dolencias y limitaciones parkisonianas. Al abuelo sereno, rotundo, cariñoso, de voz cavernosa y consecuente. Al viejo senderista que escuchaba la voz de Dios y del mundo más cerca de las estrellas, allá en las montañas polacas. El fin de semana del Papa en Madrid no ha generado ni una mueca torcida. Ni entre los que duermen bajo el manto de la Iglesia, ni entre el amplio estadio humano de los laicos. Dos jornadas históricas. La primera estuvo llena de guiños políticos. La Santa Sede nunca dogmatiza sin la aprobación previa de la Curia y sin un análisis como de incienso. Los pronunciamientos políticos del Papa tuvieron el visto bueno del Episcopado español: permanente llamada a la paz, condena rotunda del terrorismo y rechazo de los nacionalismos exasperados. Hasta el Rey, que no se dobla ante nadie, sólo ante Dios, genuflexionó su figura. En la seguna jornada prevaleció la fe y evangelización.Wojtyla fundió su condición de jefe del Estado Vaticano con la de misionero y agitador de masas para mayor gloria de Cristo. Es el «a Dios rogando y con el mazo dando», que este Papa ha predicado en sus interminables visitas por el mundo. No ha rechazado el sexto viaje a nuestro país, tras la invitación de los Reyes, y las «sevillanas» juveniles del «no te vayas todavía, no te vayas por favor, quédate». El acto doctrinal y teológico congregó a cientos de miles de personas, pero no creo que fuera eje central de la visita: cinco canonizaciones. Otra vez el número mágico de esta visita. Juan Pablo II ha llevado a los altares más santos que todos sus predecesores en la cátedra de San Pedro. El más virtual e incomprensible fue el de Josemaría Escrivá de Balaguer. Anteayer, en la plaza de Colón, subió a los cielos a otros cinco: tres religiosas y dos sacerdotes. Todos han sido ribereños de la misma orilla derecha. ¿No habrá vivido en la otra orilla un sólo samaritano? Digo que el Papa quiere volver. Quizá sea inmortal. No llegará a tiempo para echarle otro rapapolvo a José Mª Aznar, que le dio en público, aunque quedó blindado en privado al acudir a la audiencia con toda su tribu. A Zapatero le envidió su juventud. Y Juan Vicente Herrera, que también escuchó la misa, ya cambió el «chip». Por tercera vez en diez días ha vuelto a León. Dicen que para inaugurar el centro de salud de Eras e inspeccionar las obras de ampliación del Hospital de León. Ya nos aburre la fijación de la Junta con esta ciudad.