La herencia de UCD
Muy humanamente, el ex presidente Adolfo Suárez ha cedido a la tentación de arropar la campaña electoral de su primogénito, candidato -con bien escasas posibilidades de éxito- a la presidencia de la comunidad castellano manchega. Acudió el pasado viernes a un mitin en Albacete, junto al presidente Aznar. Y el líder del PP dedicó a su predecesor en La Moncloa los elogios de rigor y se declaró heredero de sus ideas políticas. Nada hay que objetar a esta patrimonialización por el PP del legado de Suárez, porque resulta sustancialmente correcta en términos políticos. Frente a las fuerzas emergentes de la izquierda, y al margen de la derecha más conspicua que provenía del franquismo sin solución de continuidad, Suárez ideó el «centro» -un concepto inicialmente utilizado y promocionado por Manuel Fraga, quien fracasó sin embargo en su construcción-, que agrupaba a las fuerzas liberales, socialdemócratas, democristianas e independientes que sentían la vehemente obligación de contribuir a la democratización del país por una vía reformista, incruenta. Muchos de los actores que acompañaban a Suárez en aquella hermosa aventura eran conscientes de que sólo una formación como aquélla podría responder con eficacia al reto de la transición, que corría el riesgo de frustrarse por la impaciencia de la izquierda -todavía radical- y por la obstinación de los neofranquistas. Y lo eran asimismo de que UCD no nacía con vocación de perennidad: era un conglomerado provisional y demasiado heterogéneo cuya razón de ser se agotaría una vez cumplido su destino histórico. Efectivamente, la UCD comenzó a degradarse tras la promulgación de la Constitución y la incipiente normalización del pluralismo político, hasta descomponerse definitivamente en las elecciones de 1982 que dieron la victoria al PSOE frente a un Partido Popular ultramontano que todavía no había llevado a cabo su «aggiornamento» centrista ni su desvinculación radical -es decir, generacional- de sus orígenes autoritarios. El mérito de Aznar, a partir de 1989, consistió precisamente en «centrar» esta formación política, conduciéndola hacia el centro-derecha, renovando los cuadros, eliminando los residuos confesionales y atávicos que todavía perduraban. Los políticos provenientes de UCD encontraron entonces acomodo en el refundado Partido Popular -bien pocos optaron por unirse al PSOE; apenas una parte del sector socialdemócrata, con Francisco Fernández Ordóñez a la cabeza-. Existió por tanto un nexo ideológico entre el equipaje doctrinal de UCD y el nuevo y emergente centro-derecha que coronaría su viaje al centro con la conquista de la mayoría política y la llegada al poder en el Estado en 1996. Pero dicho esto y reconocida por tanto la ilación -sociológica e ideológica- entre aquella UCD y este PP, conviene no olvidar que la Unión de Centro Democrático representó un conjunto de valores generales y permanentes que trascendieron de su simple significación partidaria. La UCD, guiada por Suárez con la cooperación de muchos ilustres personajes, ejerció sobre la sociedad de este país una impagable tarea docente, de cuyas rentas estamos viviendo aún. La UCD acuñó y cristalizó el concepto del consenso, sin el cual no hubiera sido posible consumar con éxito aquel gozoso proceso constituyente; aceptó e impuso una visión pluriforme del Estado español, que encarriló y equilibró las fuerzas centrífugas que, de otro modo, hubieran podido frustrar la democratización; impulsó el imperio de la política sobre las redes de intereses creados que pretendían tutelar la apertura española; optó por ubicar a nuestro país en el ámbito geoestratégico que le correspondía; apostó por un Estado laico e impuso al estamento castrense la neutralidad propia de los Ejércitos de las democracias... En otras palabras, la UCD de Suárez impuso una serie de conceptos, que, aunque hoy puedan parecernos puramente retóricos y sobreentendidos, en aquellos momentos no eran fáciles de asimilar ni estaban extendidos en una sociedad que recibía una pesada herencia de intransigencia y de intolerancia. La tolerancia, el respeto, la capacidad de diálogo, la convivencia pacífica y creativa entre credos e ideologías diferentes tuvieron sin duda muy distintos padres en aquellos años, pero Adolfo Suárez, el intérprete más conspicuo de la voluntad regia, fue sin duda el que con más empeño trabajó para enraizarlos en una sociedad que todavía estaba desagregada y en la que existían aún focos muy perturbadores de intolerancia. La herencia, en fin, de Suárez tiene pues dos elementos: uno sociopolítico, que hace bien en reclamar el Partido Popular, y otro trascendente, de puro valor histórico, que ya forma parte del bagaje colectivo de este país. Aquel es coyuntural y está sometido al lógico debate; este otro nos pertenece a todos y es nuestro patrimonio común.