Diario de León
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León

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CUANDO uno nace casi en democracia, le resulta muy extraño oir hablar de los rojos y los fachas, de los buenos y los malos -o viceversa-, ya que está educado en que todas las ideas son igual de buenas y lo único que las diferencia es el momento y la forma de aplicación de las mismas. Por eso es difícil entender que un presidente del Gobierno se dedique a criminalizar a alguien porque valore pactar con otro, que utilice un lenguaje propio de Gil Robles en 1936 y que, poco más o menos, use el fantasma del demonio rojo -y más tras pactar con IU en contra de Felipe González- en precampaña electoral. ¿Cuántos españoles creerían hace unos sesenta años que en verdad los comunistas tenían cuernos y rabo? ¿Cuántos se lo creerán ahora? Es posible que quede alguien, porque si no el mensaje de Aznar no llegaría a nadie. La cuestión no es criticar las ideas del líder popular, que es evidente que es un demócrata, sino su forma de aplicarlas y el momento en que ha elegido para hacerlo. ¿Son malas? No peor que otras, pero el asunto estriba en que no tiene por qué demonizar las de los demás... a menos que piense que tiene la verdad absoluta. Y eso da miedo. Si las otras cosas son tan demoníacas como dicen algunos poseedores de la verdad sólo se pueden hacer dos cosas: o marcharse de aquí -y la idea recuerda a otros tiempos- o decirles a los que imponen la verdad eterna que igual están equivocados y que no es bueno que gobiernen así de obcecados pese a que lo hayan hecho de maravilla en ciertas cosas. Sólo es una idea más para aplicar en un momento adecuado. Nada demonizable. ¿O sí?

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