ELRINCÓN
Álbumes en las calles
EN los carteles han puesto nombres que no los queremos ni ver. No es que no los podamos tragar, que no hay que tener manías, pero es justo reconocer que en muchos casos, cuando vemos en persona a los fotografiados, procuramos cambiar de acera discretamente. El lema de las ciudades es ahora el mismo: «Permitido fijar carteles». Hay tantos que la gente ya ni se fija en ellos. Un derroche de goma y de papel. Lo más curioso es que todos han salido favorecidos y eso no puede considerarse como un mérito de la democracia, sino como un mérito de los fotógrafos. Hay que tener en cuenta que para encontrarles a algunos su lado bueno hay que retratarlos de espaldas. Hay candidatos que muestran una sonrisa indulgente que jamás ha aparcado en sus rostros. Otros exhiben un gesto enérgico muy poco acorde con su carácter y otros, incomprensiblemente, delatan en su mirada el luminoso brillo de la inteligencia. En cualquier caso, todos tienen una común característica: están muy bien afeitados. Fue Hemingway el que dijo eso de que a partir de los cincuenta años cada persona es responsable de su propio rostro. Luego se le ha atribuido a muchos otros, pero no importa. Lo dice desde mucho antes nuestro refranero: la cara es el espejo del alma. La campaña de las municipales ha convertido las calles en álbumes. Entre algunas fisonomías dignas, hay caras, caretas y carotas, pero la verdad es que los ciudadanos normales se distraen mucho y sus paseos se hacen más amenos. ¿Cómo no encontrar entre tantos uno que nos caiga simpático, bien por las cosas que ha hecho, bien por las que ha prometido hacer cuanto antes? Debemos perdonar de buen grado encontrarnos con la foto en tecnicolor de algún tipo desagradable. Repito que no hay que tener manías y es exagerado desear que algún candidato, con más cara que espalda, en vez de estar retratado de medio cuerpo, estuviera de cuerpo presente. No hay que desearle mal a nadie. Ni siquiera a nosotros en el caso de que resultara elegido.