Diario de León
Fernando Jáuregui

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LUIS MARTÍN Santos, el hombre que, de no haber sido por un estúpido y tal vez premeditado accidente de automóvil habría sido el secretario general del PSOE y, por tanto, el hombre que podría haber ocupado el destino de Felipe González, nos legó una novela inolvidable: Tiempo de silencio . El silencio pesado, brumoso, pequeño, del franquismo se hace presente en cada una de las páginas del libro. Ahora, en estos tiempos de algarabía y bullicio, de libertad de expresión y variedad de medios informativos, estamos paradójicamente inmersos en otros tiempos de silencio, que no tienen connotaciones nacionales (sólo), sino internacionales. Es a la falta de reacción de la ciudadanía ante los escándalos de la cosa pública a lo que ya llamo este moderno silencio sin mordaza. Silencio europeo y universal ante la confesión norteamericana de que acaso no existan esas armas de destrucción masiva en el hoy arrasado Irak. Silencio universal y, sobre todo, europeo ante la maniobra parlamentaria urdida por Berlusconi para lograr la inmunidad para alguna de sus presuntas ¿faltaría más? irregularidades. Silencio no menos europeo cuando el gobernador del Banco de Francia, Jean-Claude Trichet, pasa de ser casi un recluso por el ¿caso Lyonnais? a futuro presidente del Banco Central Europeo. Casi ninguno de estos asuntos han merecido los lugares principales de las portadas de los periódicos occidentales y, menos aún un seguimiento adecuado y una denuncia editorial. Silencios, muchos silencios, que nos hacen pensar que no sólo en casa, con el apestoso ¿affaire Tamayo?, cuecen habas, aunque aquí las habas sean más domésticas. Pero no creo que, pese a esta generalización de habas cocidas, sea bueno que los países democráticos y desarrollados se acostumbren a los ejercicios de cinismo político (y económico) de sus dirigentes, como si aquí no pasara nada. Decir la verdad es (¿era?) requisito imprescindible para el ejercicio del poder en los países en los que la democracia es más exigente, como las sociedades anglosajonas. Al fin y al cabo, no decir la verdad en caso mucho menos comprometido como una guerra que ha causado un número indeterminado de miles de muertos estuvo a punto de costarle el puesto al antecesor de Bush, Clinton. Que nadie, o casi, haya levantado una voz airada para pedir explicaciones sobre por qué se falsificaron pruebas y se mintió cuando se exaltaban los ánimos para emprender la guerra contra Irak resulta muy poco edificante. En España, nuestro tiempo de silencio particular pasa por la perplejidad, pero no deja de ser eso, un tiempo de silencio profundo, desconcertado, en medio del ruido de las querellas que jamás llegarán a sustanciarse y de las proclamas y bravatas de honestidad frente al adversario corrupto, ruido que no logra apagar el estruendo de las cementeras. Mal asunto que la opinión pública acabe equiparando poder político y prácticas corruptas, porque llegará el momento (lo veremos, si hay que repetir elecciones en Madrid) en el que los ciudadanos den la espalda, tapándose la nariz, a esa clase política, sin distinción de colores ni programas.

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