Diario de León
Publicado por
MANUEL ALCÁNTARA
León

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ENTRE LAS principales preocupaciones de los españoles hay dos de opuesto signo: que no disminuya el número de turistas que vienen a pasar una temporada y que no aumente el número de inmigrantes que se disponen a pasar aquí el resto de sus días. Según las estadísticas, la mayoría de los compatriotas acepta que llegue gente de otras patrias más o menos exánimes con el propósito de ganarse la vida en ésta, pero sin poner en peligro la vida de sus habitantes. Dicho de otro modo: la gente asocia inmigración con inseguridad. Quisiera que viniesen menos y mejor aleccionados. No se ha extinguido entre nosotros la virtud de la hospitalidad, en el supuesto de que la hayamos cultivado siempre. ¿Cómo puede presumir de hospitalario un país cuyo refranero asegura que «los huéspedes y la pesca, al tercer día apestan»? Lo que nos ocurre, en líneas generales, es que necesitamos un determinado cupo de inmigrantes dispuestos a realizar trabajos en los que se gana poco y se suda mucho. Los nativos desdeñamos ciertas tareas. En la Costa del Sol que más calienta ya pueden verse espetadores de sardinas africanos. Se dice que están mejor dotados para resistir el calor del verano y el calor de las fogatas playeras, aunque sean menos hábiles para realizar esa labor. No es fácil conseguir que las cañas se vuelvan lanzas y que atraviesen los pescados de níquel y de luto, sin romperlos ni quemarlos. Nuestro problema se reduce: aguantamos de buen grado a los pobres, a condición de que sean muy trabajadores y de que no discutan su salario, y también admitimos a los ricos, a condición de que vengan a dejarse aquí su dinero. En el racismo opera siempre el factor económico. Lo vio clarísimo Larry Holmes, el ex campeón mundial de los pesos pesados. «Yo también fui negro -le dijo a un periodista-, cuando era pobre». Con los millones nadie volvió a reparar en su epidermis. Pasa también ahora. Si Makelele entra en un restaurante, le piden autógrafos. Y si el que entra es alguien que acaba de desembarcar de una patera, le piden que se vaya.

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