EN BLANCO
Tumba fría
UN MACABRO proverbio gallego asegura que los muertos duermen fuera, y precisamente con la intención de elegir a tiempo su última morada y no acabar enredándose en la hora postrera, un humilde campesino portugués de 86 años, conocido entre sus vecinos como el Tío Mizé, hace un par de décadas que convive en su casa con un ataúd hecho a medida y comprado en las rebajas de un baratillo funerario. Sabia y previsora medida, pues es sabido que la dama de la guadaña suele actuar de forma traicionera y sin dar tiempo para comparar precios en el momento de adquirir el definitivo pijama de madera. ¡Mía o de la tumba fría!, solían exclamar los poetas románticos cuando su pálida novia elegía marcharse con cualquier pelagatos, a condición de que tuviera la bolsa bien llena. También son cuestiones económicas las que han llevado a Begoña Díez, una vecina de Almanza, a encerrarse en el cementerio para dormir sobre la tumba de su padre, a la espera de que el difunto dictamine desde el más allá sobre una disputa de herencias que divide a la familia. Puesto que estamos en plan refranero, habrá que echar mano nuevamente de esa Biblia de lo popular para recordar que «si quieres ver a hermanos reñir, echa entre ellos una herencia a repartir». Lo que resulta insólito y bastante pintoresco es que la afectada haya elegido el camposanto para lanzar su SOS de protesta, ya que existe un consenso generalizado acerca de que, debido a su plácida situación, los muertos suelen permanecer en silencio y no debaten sobre asuntos mundanos. Pero lo de Begoña Díez no deja de ser un gesto con connotaciones bíblicas, una forma de implicar a los llamados junto al Creador en los repartos de tierras, chalets y parcelas. Contabilidad creativa, que diría el enchiquerado Mario Conde.