Diario de León
Publicado por
PEDRO CRESPO
León

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INDUDABLEMENTE, los veranos traen ensartados sucesos ligeros, intrascendentes, a veces incluso divertidos, en las redes de sus días. Son las vacaciones, presentes, futuras a corto plazo o inmediatamente pasadas. Es el tiempo que, por costumbre, se califica como bueno, aunque estemos a 40 grados centígrados a la sombra. Tiempo habrá, nos decimos, para volver a la profundidad, a la trascendencia, a la rutina de las preocupaciones. Por eso tienen tan mala prensa los sucesos que permanecen vivos cuando llega la canícula, como lo de la autonomía de Madrid, cuya salida aún desconocemos, si serán unas nuevas elecciones o un nuevo pacto con los rebeldes, obviamente ofrecido por parte de su grupo de origen, y por eso también noticias como las de la subasta de unos calzoncillos, usados, que pertenecieron al presidente John Fitzgerald Kennedy, ocupan espacio y titulares. Los gayumbos son del modelo en boga en los años cuarenta, los años de la S.G.M. y década siguiente, tipo calzón con pretina y dos botones, nada que ver con los braslip que comenzaron a usarse a mediados de los sesenta, derivación práctica de los suspensorios que utilizaban los deportistas, ya que el juego de los calzones provocaba algún escozor que otro, y más de un pellizco, con el sudor y el ejercicio. Por ellos, en un blanco más o menos amarillento por la distancia, marcados con las tres iniciales más difundidas en el siglo pasado, un anónimo comprador pagó 5.000 dólares en la subasta de artículos personales de Kennedy celebrada la semana pasada en Parsippani, un villorrio de Nueva Jersey, allá por el norte campestre de la ciudad de Nueva York. La prenda tenía un precio de salida marcado en 500 dólares, pero en la mente de quienes pujaron, y especialmente en la del comprador, su condición de singular reliquia política, pudieron más que la pura objetividad y las dudas respecto de su autenticidad. Porque, qué duda cabe que los calzoncillos representaban algo más que una bolsita de tela para anudar a la cintura donde albergar, tras pasar las piernas convenientemente, las partes pudendas del hombre que amó a Marilyn Monroe y a Angie Dickinson, entre otras mujeres maravillosas, además de a su propia esposa, la inolvidable Jacqueline Bouvier, y que decidió el destino del mundo en la famosa y contundente crisis de los misiles, con Kruschev y Fidel Castro en la partida, entre otros hechos notables asimilables a su contenido. De ahí que, en el aviso de la subasta, se subrayase especialmente su condición de prenda usada. Lo que no indicaban, porque acaso hubiese sido considerado de mal gusto, es si, como parecía por la foto del catálogo, habían sido echados a la colada, en la casa familiar de Hyannis Port, o en la mismísima Casa Blanca, y debidamente lavados y planchados, antes de ser sustraídos para bien de la historia, así con minúsculas. Porque, de no haber sido higienizados, su valor -tras la correspondiente datación histórica- se hubiese multiplicado, ahora que tanto decimos saber del ADN y demás artilugios genéticos. Y el vencedor de la puja hubiese sido, sin duda, Oliver Stone. Cosas veredes...

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