EL MIRADOR
Paellas en Irak
LA HIGIENE mental aconseja agotar estos últimos días de vacaciones sin volver la vista hacia los casposos culebrones de Marbella y Madrid aunque, para desgracia de la clase política y el prestigio de las instituciones, han cosechado altos índices de audiencia televisiva. El chapapote político ahoga la parte digna del oficio -trabajar por los demás- porque nadie se ocupa de reivindicarlo en serio. Asunto aparte es la presencia de tropas españolas en Irak, cuya tarea real comienza dentro de poco más de una semana, una vez completado el despliegue del contingente de 1.300 soldados decidido por el Gobierno (Brigada Plus Ultra). Esperemos que lo peor de su misión sea aguantar la dieta de hamburguesas de los cocineros norteamericanos en la base de la ciudad de Diwaniya, a la espera de la paella dominical. Al margen de la trastienda política que les ha llevado a una guerra-posguerra donde no se nos ha perdido nada (es una opinión, claro), estos soldados tienen el apoyo indiscutible de todos los partidos y de toda la sociedad. Ponerlo en duda es una mezquindad. Y eso es lo hizo José MAría Aznar en Mallorca, expresando en voz alta el temor de que sus adversarios políticos aspiren a capitalizar unos féretros no deseados por nadie. Los riesgos existen. Son evidentes. Esta vez no es una misión de paz, como ocurrió en Bosnia, donde la primera causa de muerte fueron los accidentes de tráfico. Ahora se ve más claro que nunca que el envío de los militares españoles a Irak es un disparate tan evidente como el patrocinio español a aquella guerra ilegal, injusta e inmoral, rechazada por más del 90% de los españoles y por la totalidad de las fuerzas políticas y sociales, a excepción de la que todos sabemos. Una guerra que decían que se hacía para mejorar la seguridad de la zona y del mundo y que estaba justificada sobre todo por la presencia de armas de destrucción masiva en manos del régimen de Sadam. Una guerra que, por ello, además de estar descalificada e injustificada a priori, lo está igualmente a posteriori, al demostrarse que la seguridad en la zona y en el mundo es muchísimo peor que antes y que las famosas armas destructivas sólo estaban en la imaginación de Bush, Blair y Aznar. Como los médicos, el Gobierno se ha puesto en lo peor. «Será casi imposible que no se produzca alguna baja», ha dicho Rajoy. «Escenario más que posible», confirma la ministra Ana Palacio. Y por ahí van todos. No está mal como táctica psicológica. Si se equivocan, los miembros del Gobierno serán los primeros en alegrarse. Y los demás estaremos encantados de que ahora se hayan puesto en lo peor para poder celebrar luego lo mejor. Ojalá no haya más lágrimas que las de la muy gloriosa y muy patriótica comunión dominical con la paella, cuya logística ya ha sido puesta a prueba con éxito. La prueba de fuego -perdón por la metáfora-, a partir del 1 de septiembre, fecha prevista para que el contingente español asuma sobre el terreno las tareas de vigilancia y control de orden público que les han sido encomendadas en una zona donde tampoco faltan los incidentes.