Diario de León

CON VIENTO FRESCO

Lengua y nacionalismo

Publicado por
JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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LA LENGUA es el último argumento ideológico del nacionalismo. Con la excepción de energúmenos como Xabier Arzallus, nadie se atreve hoy a identificar etnia y nación; o mejor, a defender el nacionalismo identitario con argumentos étnicos, porque su carácter xenófobo los hace impresentables e indefendibles. Por el contrario, la lengua parece un argumento más aséptico, más científico, contra el que es difícil oponerse racionalmente. Para los nacionalistas, la lengua expresa una manera de ser, de pensar y de hacer particular; constituye, por ello, el alma de un pueblo, que lo hace diferente a los otros pueblos, justificando así su afirmación nacional. La nación la integran los que viven en un mismo territorio y hablan una misma lengua. Para los no nacionalistas la lengua es importante, pero puede convivir con otras; pues lo que identifica a la nación son argumentos históricos, culturales y sobre todo políticos, como la existencia de constituciones que garanticen a todos los ciudadanos los derechos y libertades que permiten la convivencia de sociedades plurales. España es una nación plural y una realidad compleja cultural y lingüísticamente. El monolingüismo que defienden los nacionalistas no es, como pretenden, una idea moderna, sino el ideario del más rancio tradicionalismo. Va acompañado, además, de un victimismo que no se corresponde con la realidad histórica. Es cierto que Nebrija, en su Gramática afirma que «siempre la lengua fue compañera del imperio»; pero no tenía sólo el sentido político que se le ha dado, como medio para poner bajo el yugo de los vencedores a los vencidos, cuyas leyes deberían entender. Nebrija quería decir que la lengua es también un recurso que abre perspectivas amplias en las relaciones humanas. No fue una casualidad que el primer libro editado en América, en 1539, se publicara en nahua y no en castellano; ni tampoco que Felipe II en 1580 mandara que se evangelizase a los indios en sus propias lenguas, como haría fray Bernardino de Sahagún. Algo semejante podríamos decir de la expansión del castellano por la península hasta convertirse en el español por antonomasia. La mayoría de las lenguas españolas, como el vasco, catalán o gallego, dejaron de hablarse no por imposición castellana sino por interés de quienes las hablaban, para poder relacionarse, cultural o comercialmente, con otros pueblos peninsulares. Esto fue un hecho expontáneo, que solo con la Ilustración y el liberalismo se vería favorecido por las políticas centralizadoras de los borbones. Esta política era un signo de modernidad, por lo que la defensa de las lenguas locales, que no nació con el nacionalismo, fue un arma de los sectores más reaccionarios, como el carlismo. Los nacionalistas, al amparo de una permisividad vergonzante por parte de las autoridades, que ni han aprobado una Ley del Español ni se han opuesto a políticas lingüísticas que pretenden imponer por las bravas un monolingüismo imposible, están haciendo verdad la frase de Nebrija en el peor sentido, pues cuando lengua y nación se identifican, la lengua se convierte en instrumentode poder, en arma de lucha; de ahí que podamos hablar de un nacionalismo lingüístico militante, que no es sino la pantalla del otro nacionalsimo xenófobo y en muchos casos terrorista. El error, probablemente ingenuo de Fala Ceibe, de tener en su web un enlace con la página Red Vasca Roja, se explica por esta relación, en cierto modo subliminal y sentimental, que todos los defensores de lenguas minoritarias tienen con el nacionalismo. En el caso de Fala Ceibe es evidente con el Bloque Nacionalista Galego (BNG), pero nunca podíamos pensar que llegara hasta extremos como el de hacer propaganda de la ideología separatista del nacionalismo vasco. Estos errores hacen al gallego en el Bierzo, que es una realidad culturalmente defendible, un flaco servicio.

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