EN EL FILO
Rajoy es el elegido
SI LOS CANDIDATOS más obvios eran Rato y Rajoy, Aznar ha optado por el segundo, probablemente con la complicidad, o con la aquiescencia al menos, del primero. Rato, artífice del «milagro económico» de los últimos tiempos, es la personalidad del PP más cercana a Aznar, pero su techo familiar es de cristal y su nombre había aparecido relacionado con Gescartera y, más recientemente, con las andanzas madrileñas de Romero de Tejada. Rajoy, en cambio, llegó incontaminado a la política y ha dado pruebas de eficacia en la resolución de las sucesivas crisis que ha tenido que afrontar el Gobierno. Durante la primera legislatura del PP fue ministro de Administraciones Públicas, de Educación y del Interior. Y a sus 48 años, el primer vicepresidente del Gobierno desde el 2000 ha sido el apagafuegos en asuntos tan espinosos como el naufragio del Prestige o la guerra de Irak. Especialmente en la última etapa, con Aznar volcado en la política exterior, Rajoy ha dirigido prácticamente la política interna. Y así, su candidatura se ha ido afirmando durante el último año, hasta triunfar finalmente. Rajoy es simpático, administra a la perfección su retranca y su gracejo gallegos, tiene sentido del humor y ha demostrado franca capacidad de diálogo y de consenso con sus adversarios políticos. Una vez más, Aznar ha descabalado todas las previsiones. Este proceso sucesorio ha sido extremadamente singular porque ha emanado de una decisión personalísima, muy infrecuente en la política democrática, del líder del Partido Popular, que ha renunciado voluntariamente a continuar al frente de su partido y a aspirar por tanto a dirigir el Gobierno de la nación, sin que haya otra razón objetiva para ello que su propia palabra: así lo anunció a los electores antes de llegar a La Moncloa, en un gesto que pretendía ser de salubridad pública, de regeneración democrática (acabábamos de asistir a la etapa de decadencia del período protagonizado por González). Y es esta singularidad la que dificulta ponderar cualitativamente el método utilizado para designar al sucesor. Ni la nominación por el líder ni siquiera la cooptación en el seno de la dirección del partido parecen procedimientos apropiados en circunstancias normales, pero es todo tan extraordinario y es de tal magnitud el ascendiente moral de quien se inmola que en este caso resulta difícil objetar argumentos consistentes al hecho de que sea el líder saliente quien realice la designación del heredero. Máxime cuando éste es uno de los candidatos naturales a la sucesión. El adelanto del trance sucesorio ha sido razonable, puesto que nos encontramos de facto al comienzo de una larga campaña electoral que durará hasta las generales de marzo, con los hitos de las elecciones autonómicas madrileñas y catalanas, y aun quizá andaluzas; no tendría sentido que quien deberá orientar en su provecho tal campaña no estuviese en la carrera desde el primer momento. Igualmente, es lógico que sea el candidato quien realice los pronunciamientos programáticos que dentro de poco serán ya inexcusables. Rajoy ha mantenido en todo momento con Aznar una sintonía perfecta -incluso en las cuestiones más espinosas, como el problema vasco y la alineación con Washington-, por lo que no habrá fricciones durante la etapa de inevitable bicefalia que se desarrollará hasta las generales. Aunque el presidente del PP delegue en Rajoy el cargo, Aznar continuará en la presidencia del Gobierno y, previsiblemente, participando activamente en la tarea de llevar a su delfín a La Moncloa. El terreno de juego en que habrá de desenvolverse Rajoy está, pues, marcado, pero éste no tendrá dificultades en adaptarse a él. El único flanco descubierto que tendrá el tándem Aznar-Rajoy será el económico: si se confirma el pronóstico de que Rato, desairado en sus aspiraciones, no acepta participar en un equipo presidido por Rajoy, el PP deberá tratar de cubrir un gran vacío en el territorio más complejo y delicado que hoy ha de abordar cualquier Gobierno.