OPINIÓN
Medicina de pobre
EN LOS PAÍSES desarrollados existe un mayor número de fármacos que de dolencias conocidas y por lo tanto hay más remedios que enfermedades. Lo contrario sucede en los países sin desarrollar, donde ninguna enfermedad detectada tiene remedio. El mundo es ancho y desigual. Con el champú al huevo que usan las mujeres occidentales para lavarse la cabeza podrían hacerse, separando el huevo del champú, una tortillita a la francesa miles de mujeres africanas. La Organización Mundial del Comercio ha acordado que las naciones menesterosas puedan acceder a medicamentos genéricos. Aunque parezca increíble, se ha conseguido después de cinco días de negociaciones y casi dos años de discusiones. Es de suponer que quienes ponían trabas al acuerdo pensaban que los pobres no enferman realmente, ya que cuando comen se les pasa. Parece que no es así. En los países en vías de desarrollo o en vía muerta hay terribles problemas de salud pública. El sida, la malaria y el paludismo eligen preferentemente a sus víctimas entre los más desamparados. Unas doscientas epidemias, si las han contado bien, podrían paliar sus terroríficos efectos si hubiera medicinas baratas, pero el acuerdo ofrece dificultades, como todo lo que tiene un trasfondo económico. ¿Cómo olvidar que la industria farmacéutica de Estados Unidos ganó durante el año pasado 37.000 millones de dólares? No será fácil que abandone una estrategia que le ha dado tan buenos resultados. Lo más probable es que la disimulen bajo la denominación de «liberalización competitiva», pero de todos modos es una buena noticia que la cumbre del comercio mundial se desbloquee. Aunque los nuevos fármacos tengan diferentes marcas y su empaquetado sea menos grandilocuente. Lo que realmente importa es el contenido. El envase de las medicinas siempre ha sido lujoso en las naciones pudientes. Un prospecto bien editado y sobre todo bien leído, a ser posible en voz alta, como dicen que leían todo los griegos, puede tener grandes propiedades curativas.