TRIBUNA
Rico y amplio futuro
COMPRENDO a don Venancio Iglesias Martín en su Tribuna anterior. Le veo hijo de su época, fruto de una forma de pensar y vivir que se encuentra en plena extinción. Ser pesimista, ver las cosas desde el punto de vista peor, es acertar seguro, pero muy fácil. Lo difícil, lo valiente, es atreverse a indagar más allá de nuestras narices, intentar comprender el porqué de las cosas, y sobre todo aceptar el nuevo mundo en el que cada día nos tenemos que desenvolver. Porque, si hay una cosa que caracteriza éste momento de otros pasados, es que vivimos en una sociedad muy dinámica, que cambia a vista cada día. Vivimos en una sociedad muy interesante. A lo largo de la historia, nunca jamás se ha vivido en una sociedad tan libre, dinámica, justa, solidaria y prometedora. No es fácil vivir aquí y ahora, y sin embargo llevar como un lastre una mentalidad inmovilista, anclada en el pasado. Y nuestro pasado, en cuanto a educación al menos, no es precisamente muy florido que digamos. Habla usted de educación. Cuando yo era niña había mucha menos educación y respeto de lo que hay ahora. He visto a chicas en minifalda que eran insultadas y agredidas por la calle y a los jóvenes que llevaban el pelo un poco largo, he sido testigo de cómo les tiraban piedras, además de insultarles de las formas más humillantes posibles. Cuando yo era niña, señor Iglesias Martín, si un cura de los de sotana paseaba por la calle lo educado era ir a besarle el anillo. Así mismo, en el colegio primero, y luego en el instituto, los profesores no eran maestros, eran dioses revestidos de una gran autoridad y gestores de la tan temida disciplina. Hoy un profesor o un maestro tienen que demostrar y ganarse en el aula esa autoridad, puesto que ya no pueden pegar a los alumnos ni humillarlos. Ahora deben mantener a los alumnos atentos con sus explicaciones, con su trabajo e ilusión personal. Cuando no lo hacen, los alumnos se aburren, hablan y no guardan el debido silencio en clase. También, antes, señor Iglesias Martín, profesor no era cualquiera puesto que la educación no estaba universalizada como ahora, los alumnos eran mucho menos y los profesores estaban más escogidos. Ahora, sin embargo, cualquier joven que termina la carrera se pone a dar clases, le guste o no, valga para ello o no y tenga un sentido vocacional de la pedagogía o no. Así, tenemos un profesorado bastante aficionado, igual que los alumnos a los que tienen que dar clases. No es que en su época no hubiera monstruos como los descritos por usted, con tanta enjundia y pasión. Es que eran menos los que podían permitirse salir a la calle a gastar, y no digamos mujeres. Las mujeres hasta hace poco no entraban solas en los bares, ni se movían como ahora lo hacemos. Esto se llama libertad. Y cuando se es libre en un Estado de Derecho y democrático como el nuestro, y se procede de épocas de dictadura en la que no había libertad, ni educación para la mayoría de los ciudadanos, es necesario vivir un proceso de adaptación que ciertamente puede ser doloroso, porque ahora, a los privilegios que antes disfrutaban unos pocos, hay que hacer sitio a todos los demás, que antes no podían disfrutar de ellos. Entre los que no teníamos más que inconvenientes y ningún privilegio estábamos las mujeres. Las mujeres hoy exigimos los mismos derechos y libertades que los hombres. ¿Por qué, en cuanto hay alguna dificultad, los hombres se apresuran a encerrarnos en casa con cualquier disculpa? Asesinos psicópatas hay y habrá siempre, sólo que hoy se sabe, es noticia el asesinato de unas jóvenes. En otra época, señor Iglesias Martín, también había asesinatos, maltratos a mujeres y de todo, pero la prensa estaba amordazada y en todo caso se proyectaban en forma propagandística casos de pequeños delincuentes como el de El Lute para ejemplo y enseñanza de la población. También entonces había jóvenes gamberros capaces de hacer las mayores tropelías, pero éstos eran escasos por dos razones principalmente, una porque para salir y alternar hacía falta dinero y otra por que al ser básicamente hijos de la clase media alta que contaba con los privilegios de la dictadura podían hacer lo que les diera la gana sin que la ley cayera sobre ellos. Hoy no sería posible que quedaran impunes tantos abusos como entonces se daban, asesinatos de prostitutas, jóvenes embarazadas a las que el falso testimonio de un amigo bastaba para señalarlas con el dedo de la sociedad y librar al hombre responsable de sus obligaciones para con ella y el hijo, violaciones que no eran jamás denunciadas, maltratos a esposas y novias que tampoco salían nunca del ámbito de lo privado. No era un mundo mejor. Éste no es fácil, yo diría que incluso es más difícil que el anterior en el que los papeles de cada unos estaban claros. Hoy no, hoy estamos creando una nueva sociedad basada en valores diferentes que a mí, personalmente, me gusta más porque a pesar de las dificultades y de la complejidad en la que vivimos, ofrece muchas más posibilidades de desarrollo personal a más gente. Antes, no es que hubiera educación, es que había represión social y religiosa. Todo se basaba en el rancio qué dirán, en la represión sexual y de todo tipo, pero sobre todo contra la mujer. Hoy, sin embargo, es necesario tratar con personas más libres, conscientes de sus derechos básicos y de sus valías como seres humanos, de su dignidad. Cierto que han fallado bastante los padres de esos jóvenes a los que usted critica pero, señor Iglesias Martín, recuerde que esos padres no se educaron en democracia, nadie les enseñó los valores del respeto y de la libertad de las personas. Han hecho lo que han podido, muchos de ellos han sido alumnos suyos y de los profesores de su generación. Por pedir, podía pedirse cuentas a los responsables de la educación que entonces tuvieron. Pero eso no nos llevaría a ninguna parte. He interpretado su artículo como el de un hombre sincero y apasionado con el tema que trata, pero lamentablemente observo que se ha quedado anclado en el pasado, y que su capacidad de reacción ante los retos de la nueva sociedad en que vivimos es muy limitada. Solamente he querido mostrarle que también hay argumentos contra esa educación de la que usted quiere hacer ver que era mejor, que se basaba en convencionalismos obsoletos, inútiles, paralizantes, hipócritas y estrechos. Lo que tenemos hoy no es definitivo, lo estamos inventando y necesitamos personas generosas, abiertas e inteligentes que quieran sumar, no restar, crear, no destruir. Ver sólo los fallos de algo, negarlo, criticarlo, es extremadamente fácil siempre, lo difícil es contribuir con ideas positivas. Hacer camino en definitiva.