TRIBUNA
La casa de tócame Roque
BAJAN REVUELTAS las aguas en el Partido Socialista a cuenta de las pretensiones autonómicas de algunos de sus dirigentes. Surgen suspicacias, malas conciencias, discursos políticamente incorrectos. Obligan a ejercer de funámbulos a los dirigentes nacionales, y provocan reuniones para espantar la imagen que presenta al principal partido de la oposición como la casa de tócame Roque. Se anuncia, por fin, un discurso único de todos los socialistas en España; discurso que se concreta en un documento genérico que cada uno de los presentes lo interpreta de manera distinta y contradictoria. En apariencia, todos están de acuerdo en plantear modificaciones a la propia Constitución española y en reformar los estatutos vasco y catalán, y también el valenciano y el andaluz, y «aquellos otros estatutos donde exista un amplio consenso social». Es precisamente este último aspecto, el de la reforma de los estatutos «cuando exista un amplio respaldo de la sociedad», el que nos parece que tiene una relevancia especial y del que se pueden extraer algunas conclusiones interesantes para León. Porque es que aquí, en León, asistimos atónitos a esta pelea de gallos entre dirigentes, partidos, instituciones y comunidades autónomas españolas. Los conceptos de nación y nacionalidad, de autonomía y autogestión, de España y algunos territorios, aparecen más veces de la cuenta como polos extremos e inconciliables de la pugna. Pugna que, por acción u omisión, amparan, jalean y, en ocasiones, promueven dirigentes de partidos de ámbito nacional. Aparte del calado del debate, y de las sensibilidades que cada uno tenga, hay planteamientos que desde el raciocinio o la coherencia no se pueden entender en León. Así, no se entiende cómo algunos pueden considerar que la revisión del modelo de Estado, la exigencia de un nuevo equilibrio de competencias entre las distintas administraciones, y hasta el propio modelo constitucional sean cuestiones permanentemente abiertas mientras que la chapuza que supuso integrar a León en Castilla sea un caso cerrado e irrevocable. No se entiende cómo algunos partidos políticos, bajo el pretexto de que los estatutos de autonomía y la Constitución son modificables, presentan propuestas tipo plan Ibarretxe edulcorado, y esos mismos partidos políticos mantengan su cerrazón a reparar la tremenda injusticia que padecen los leoneses. No se entiende que mientras se asumen iniciativas como la de resucitar la idea de la Corona de Aragón, presentándola como una euroregión cuyos límites se extenderían allende las fronteras nacionales, se califique de hecho consumado e irreversible la integración de León en la autonomía castellana. Al menos una conclusión positiva sí que se puede extraer de este embrollo, aunque parta de una premisa que se niega en León y se reconoce a los demás: que los estatutos de autonomía, el mapa autonómico y la Constitución son susceptibles de revisar, modificar, cambiar y derogar. Difícil, muy difícil, lo va a tener el máxime dirigente socialista. Exhibir el carné de leonés y, al mismo tiempo, negar a los leoneses infinitamente menos de lo que él mismo defiende con aparente entusiasmo para otras regiones es la mejor manera de perder toda credibilidad. Aceptar las exigencias de los Patxi o de los Pascual y negar la oportunidad de que León tenga su propia autonomía o de que los leoneses decidan en referéndum, resulta insultante para nuestros conciudadanos. Argumentar para los demás que los cambios son consustanciales con el paso del tiempo y en León que el mapa autonómico es intocable, deja al descubierto el distinto rasero con el que se sigue midiendo a los leoneses respecto al resto de los pueblos. Ser de León, conocer el sentimiento regional de los leoneses, la nula aceptación de la autonomía impuesta y sus pérfidos efectos, son circunstancias agravantes para quien opta por no dar ninguna respuesta satisfactoria y por mirar hacia otro lado del problema. La aspiración autonómica leonesa es irrenunciable, como irrenunciable es el sentimiento de pertenencia de estas tierras leonesas y sus gentes a un proyecto nacional que se llama España. Es lógico, León es la cuna del concepto de España. Manifestarse español en estos tiempos, y algunos sectores, significa poco menos que ser apologeta de un patrioterismo atávico. Por el contrario, renunciar a la idea de España o apostar por fórmulas separatistas, parece que asegura el protagonismo, la contemplación y el trato de favor a quienes auspician estos mensajes por parte de los partidos de ámbito nacional. León no necesita mirar hacia ninguna parte para defender sus justas pretensiones. En esta tierra no es que se cumpla la premisa de «amplio consenso» social para modificar el estatuto castellano; lo que hay es un clamor generalizado en defensa de la autonomía leonesa. Por ello nos duele la hipocresía de quienes abren todas las puertas a algunas aspiraciones nacionalistas, al tiempo que cierran bajo siete llaves cualquier posibilidad de que León tenga una autonomía como la que disfruta Asturias, Cantabria, La Rioja, Navarra o Murcia. Una autonomía leonesa sin renegar de nada, sin despreciar a nadie y con absoluta identificación y leal pertenencia al proyecto común que es España. Con los antecedentes descritos no parece excesivo exigir a los responsables del PSOE, y también a los dirigentes del PP, algunas cosas básicas y elementales: Que se reconozca el derecho de León a acceder a su autonomía; que se reconozca que el Estatuto y el mapa autonómico se pueden modificar; que se reconozca que los veinte años de Comunidad autónoma se han demostrado económica, social, política y culturalmente como un fiasco para León; que León no es Castilla y que León pierde con Castilla. También, y si no fuere mucho pedir, que se dejen de sandeces y de propuestas majaderas como la de crear una Fundación Villalar para acrecentar el sentimiento regional leonés a Castilla.