CON VIENTO FRESCO
El plan Ibarreche
EL PLAN Ibarreche es un nuevo paso en el proceso de independencia que los nacionalistas vascos, con el PNV como partido hegemónico de los aberchales, se han marcado desde la transición política, en una aventura perfectamente diseñada, con directores en la sombra que ahora empienzan a salir a la luz. No importa que dicho plan sea un disparate jurídico, como reconocen los propios asesores del lendakari en el informe que esta semana hacía público el ABC; ni les preocupa tampoco que esa opción política suponga un enfrentamiento social o una aberración económica de consecuencias desastrosas para el País Vasco. Arzallus, Ibarreche y comparsas han iniciado un camino de no retorno, difícil de detener sino es de forma violenta, que es probablemente a donde esos dirigentes quieren llegar; pues la violencia del Estado justificaría ante la opinión pública mundial el último paso que les queda para alcanzar la independencia. De ese camino han hecho un largo recorrido que, visto objetivamente, no les ha ido nada mal. El primer paso no fue, como se cree, la autonomía ni el Estatuto de Guernica; fue conseguir disolver el concepto de nación española, lo que no les ha costado mucho trabajo, pues han contado con el apoyo entusiasta de los nacionalistas catalanes y gallegos, y la dejación de la izquierda y buena parte de la intelectualidad española. La más antigua nación europea se ha visto cuestionada machaconamente por los nacionalistas, que han hablado primero de España como nación de naciones, para terminar sustituyendo el concepto de nación española por el de Estado español. Naciones, para ellos, solo lo son la vasca, la catalana y la gallega. Este absurdo histórico, por el silencio cómplice de buena parte de los intelectuales de izquierda, ha calado en muchos españoles, que no saben ya qué se sienten, y a los que les da verguenza hablar de España, a la que eufemísticamente denominan Estado español. Pero no hay estado sin nación, por lo que si no existe una nación española no tiene mucho sentido mantener el Estado español. Este es, por tanto, el segundo asalto: se trata de romper el Estado, desmembrar España. El PNV ha contado y cuenta para ello con su propio ejército, ETA, como bien dijo Arzallus aludiendo a los que golpean el árbol y a los que recogen las nueces. Toda la política vasca de estos meses, con el gobierno de Ibarreche ayudando a los pres os y familiares de la organización terrorista; con el apoyo del parlamento vasco a Batasuan, desobedeciendo su presidente Atucha las sentencias de los jueces respecto a su ilegalización, no son sino actos de fuerza, casi de guerra, contra el Estado. También en este caso, el Plan Ibarreche cuenta con el apoyo sin cortapisas de los nacionalistas catalanes y gallegos, y de algunos socialistas como Maragall y Elorza, por no hablar de Izquierda Unida. Por eso, que el plan Ibarreche sea un disparate jurídico no importa, pues para el PNV el proyecto de nación libre asociada, que no es sino el tercer y último paso para la independencia del País Vasco, no se plantea en términos jurícos, sino políticos y propagandísticos. No esperan que lo apruebe el parlamento nacional. Se trata, al igual que en las otras dos fases, de que los vascos y el resto de los españoles vayamos interiorizando y aceptando, a base del palo (ETA) y la zanahoria (el apoyo de los de siempre), que el Estado de las autonomías ya no sirve, que ya no nos une, que hay que avanzar hacia un Estado confederal. Bajo esta fórmula, que exige modificar la Constitución y los Estatutos, podemos vivir juntos unos años más. Esto es lo que, al parecer, quería Maragall, punta de lanza para lograr un nuevo consenso en este proceso de disolución de España. Esto es ya un triunfo del plan Ibarreche, quien como el Cid después de muerto, sin haberlo aún presentado, ha ganado una nueva batalla. La última, con todo, pueda que no sea sólo de ideas, y que, de no pararlo a tiempo, la sangre entonces si llegue al rí