Diario de León

TRIBUNA

El «share» de Rajoy y Zapatero

Fernando Jáuregui

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SE LAMENTABA privadamente Alfredo Urdaci, director de informativos de TVE, de que su entrevista con Mariano Rajoy, en horas de máxima audiencia y pese a ser la primera que se ofrecía desde que el gallego fuese designado sucesor'de Aznar, no alcanzase un porcentaje de espectadores excesivamente alto. No era una mala entrevista, la cosa tenía, teóricamente, su emoción y Rajoy parece ser persona aceptada por todos, que no rechina ante las pantallas de televisión. Pero los telespectadores, o muchos de ellos, siguieron a la suyo. Lo mismo le ocurrió esta semana a Rodríguez Zapatero, entrevistado en La respuesta , el programa matinal que dirige González Ferrari en Antena 3: apenas un once por ciento de share , lo mismo que el portavoz gubernamental Eduardo Zaplana en el buen magazine informativo de Montserrat Domínguez en Telecinco y muy por debajo de Ana Palacio, que concurría, misma hora, a los desayunos de TVE. Y eso que, según los expertos, a Zapatero también le quieren las cámaras de la tele. Al margen de que unos programas puedan estar más cuajados que otros, unas fórmulas ser algo más acertadas que otras, lo cierto parece ser que ni el sucesor y aspirante al sillón de La Moncloa por el PP, ni el principal dirigente de la oposición, del socialismo español e igualmente candidato a la presidencia el próximo mes de marzo, suscitan excesivo entusiasmo popular. No son precisamente unos populistas en un país de opinión pública más bien frágil y cambiante: los mismos que abucheaban a Rajoy en Galicia por lo del Prestige le vitoreaban hace dos días en los mismos parajes. Los mismos correligionarios que aplaudían a Zapatero en León se le amotinan ahora. Por ello, deducir el futuro a partir de lo que ahora dicen las encuestas es, cuando menos, precipitado: la guerra de Irak -porque la guerra sigue- figura ya en el séptimo lugar de las preocupaciones de los españoles. Y ya verán cómo no faltarán adhesiones entusiastas a Trillo y a los soldados que tenemos en aquellas tierras, cuando el ministro de Defensa viaje a finales de mes al ex feudo de Sadam Huseín, procedentes de medios y periodistas antes muy hostiles a la intervención en aquel país. Eso muestra que Rodríguez Zapatero se equivoca cuando plantea Irak como uno de los puntos calientes de la próxima confrontación en las urnas. Por todo ello es por lo que dicen que José María Aznar está crecido hasta el extremo. Piensa que todo le sale bien, y no deja de tener razón. Su baraka incluye que viaja a Libia dentro de tres días, precisamente cuando las sanciones internacionales contra el país de Gaddafi -que ya no es el mismo de antaño, claro- acaban de levantarse. Suscita entusiasmos y rechazos frontales; no deja a nadie indiferente. Como a nadie dejaba indiferente Felipe González, que acaba de anunciar, por fin, que deja el escaño porque no quiere limitarse «a apretar el botón», afirmación que ha irritado secretamente a más de un compañero suyo. Pero Rajoy y Zapatero son otra cosa: les falta el estilo implacable de Aznar y González, el ceño y el celo con el que persiguen sus objetivos. Son más dialogantes, más próximos, menos irritables, pero también, seguramente, menos políticos. Son más telegénicos y, por tanto, despiertan menos pasiones. Abandonaremos los enfrentamientos cósmicos que han caracterizado el paso de Aznar en sus relaciones con la oposición, pero también bajará el diapasón de los titulares, lo cual, dicho sea de paso, no tiene por qué ser necesariamente malo. Todo esto lo digo porque, ayer mismo, Rajoy -teniendo de nuevo a Aznar como telonero- y Zapatero volvieron a intercambiarse munición dialéctica, en sendos mítines que ambos protagonizan en Madrid para presentar, de nuevo, a sus candidatos por esta comunidad. Con su bonachona ingenuidad, Zapatero envió una carta a Rajoy pidiéndole una entrevista «ahora que ha pasado la etapa Aznar». Y, con su retranca gallega, el sucesor contestó oralmente: «Que me llame por teléfono, que no muerdo», dicen que dijo. Así que es de temer que el esperado encuentro entre ambos personajes que aspiran a La Moncloa, humanamente bastante semejantes en muchas cosas y que hasta ahora se han venido llevando bien, se dilate algo en el tiempo, aunque forzosamente tendrá que producirse. El astuto Ruiz Gallardón, apeado de la carrera sucesoria y ninguneado por Aznar, se ha apresurado, en cambio, a hacerse la foto con el aspirante socialista. Por lo que pueda ocurrir. Y es que ayer mismo tuvimos las imágenes que muestran que se inicia, de hecho, una campaña electoral que sabe Dios lo que nos va a deparar en la búsqueda de un mayor share televisivo, de un titular un poco mayor, por parte de los representantes de los principales partidos. Porque los dirigentes de los tres grandes nacionales, PP, PSOE e IU, celebraron mítines en Madrid, casi a la misma hora, y habían anunciado a los periodistas, las tres formaciones, que daban mucha importancia a esta jornada. Tras estar atentos al chaparrón de frases agresivas que cayeron ayer, habrá que dedicar la semana a analizarlas. Porque, o mucho están cambiando las cosas, o frases más o menos ingeniosas serán, que no proyectos novedosos de futuro, lo que oigamos desde ahora. Es la campaña electoral. Es la guerra.

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