Diario de León
Publicado por
MANUEL ALCÁNTARA
León

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LOS NUESTROS no es que sean más guapos, es que tienen un aspecto más saludable. Se les nota que están mejor alimentados, incluso más de lo que aconsejan los especialistas en dietética, y algunos presentan en la cintura un flotador de carne propia, muy práctico. Les he visto nadar durante todo el verano, desde el dique seco de mi terraza. Nadar y construir castillos de arena, con todas las eventuales almenas suyas, o bien intentando meter la mayor parte del mar en un cubo de plástico, que también era de un decidido color azul. «Los niños curan el alma», decía Dostoiewsky, y a mí, que no soy Dostoiewsky, nadie puede discutirme que soy un paciente. Sí. Los niños nos mejoran si sabemos mirarlos. Suelen estar cerca de sus jóvenes madres, pero muestran cierta tendencia a alejarse. No se me puede olvidar, hace varios veranos, cuando yo era huésped del mar y aún no me había resignado a su sola contemplación, el grito conminatorio de aquella mamá amantísima y vigilante: -¡Vanessa, hasta el chocho na más! La frontera del riesgo quedó establecida con absoluta precisión. Más difícil lo tienen esos niños diferentes a los nuestros, pero tan iguales, que están llegando a la orilla. En Tarifa ha sido interceptada una patera de «sin papeles» con 21 adolescentes a bordo. Es la primera vez que se localizan tantos niños en una embarcación clandestina que intenta llegar a los litorales andaluces. Estas criaturas tiritando de frío bajo los focos de las embarcaciones de Salvamento enferman el alma. Cruz Roja advierte del temor de que aparezcan cadáveres de menores en las playas. Qué asombro entre las algas, las ánforas y las anclas. El cementerio marino en el que se ha convertido el Estrecho no tenía departamento de niños. Salvo el esqueleto de algún grumete de un barco naufragado, todos pertenecen a adultos. Marineros o inmigrantes. Ahora empiezan a llegar niños, ya que las leyes españolas impiden que sean repatriados. Otros no llegan. Sus madres no les advirtieron, desde la orilla africana, que era temerario alejarse demasiado.

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