Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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CUANDO en 1999 se le concedió al director Elia Kazan un Oscar honorífico parte de la industria cinematográfica se opuso al reconocimiento; le admiraban como director pero rechazaban al hombre. En el año 1952 había colaborado en la caza de brujas, tras fuertes presiones y manipulaciones psicológicas. Él mismo fue militante comunista durante un breve espacio de tiempo. Ser incluido en una lista negra implicaba convertirse en apestado. En palabras de Orson Welles «la izquierda estadounidense se traicionó a sí misma para salvar sus piscinas» ¿Fue Kazán un delator? Lo fue. ¿Era lo único que podía hacer? No, pues hubo quienes actuaron con mayor rectitud. Queremos artistas perfectos. Por eso nos inquieta que Kazan, Picasso, Chaplin o Hemingway tengan aspectos muy poco edificantes en sus biografías. Pero se trata de falsas paradojas. Ni ángeles ni monstruos, seres humanos en un siglo de honor y de horror. «La ley del silencio», «Viva Zapata» o «Esplendor en la hierba» son películas conectadas entre sí por los túneles secretos de la culpa. No se retractó nunca en público de su delación, pero posiblemente fuera de quienes se despiertan bruscamente en la noche, empapados en sudor y hablándole a los muertos. En la adolescencia me impresionó su novela «El compromiso», sobre el fracaso del triunfo. Terminaba así: «Sin embargo, a veces me siento preocupado. ¿Para esto ha servido tanto drama, tan intensa conmoción? ¿Para llevar esta sencilla existencia de trabajo, para vivir esta monótona sucesión de los días?». No hay artistas perfectos, aunque sí existe una jerarquía de la conducta. Qué siglo tan extraño hemos dejado atrás¿ cuánto amor despilfarrado.

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