Diario de León
Publicado por
RAFAEL TORRES
León

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SIN LLEGAR a los extremos de deterioro ideológico de Pilar Rahola, la republicana favorita de la monarquía, que ha exhibido públicamente su alborozo por el principesco noviazgo calificando a la señorita Ortiz de «princesa republicana», hay que admitir que los últimos pasos de la Monarquía española apuntan, en verdad, hacia cierto democratismo, lo que se confirmaría no tanto por la elección de una plebeya para ceñir en el futuro la corona como por la percepción popular de que a la susodicha le ha tocado la lotería. Hasta no hace mucho los ojos de los príncipes herederos sólo podían posarse, como pájaros exquisitos, en las damas casaderas de las realezas, esto es, de la Internacional Monárquica. Podían los príncipes, sí, amar a las plebeyas, gozarlas, cubrirlas de oro y hacerles algún vástago, pero no, en modo alguno, llevarlas al altar entre las salvas de la artillería y la bulla del populacho. Esa deriva ancestral parece que se ha roto, pero supondría una exageración deducir de ese cierto democratismo la consagración de los verdaderos democráticos. A la señorita Ortiz, en efecto, diríase que le ha tocado el gordo de Navidad, de lo cual incluso se colegiría la circunstancia novedosa de que todas las muchachas casaderas jugaban en potencia algún décimo en ese sorteo vedado hasta hoy a las damitas de las aristocracia, pero si alejamos de nuestras cabezas el pensamiento supersticioso y nos ceñimos el racional comprenderemos que no hay nada en esta vida menos democrático que la lotería. Nunca podrá la monarquía, por mucho que modernice su decoración, representar la esencia de la democracia, que, consagrando la igualdad como valor cívico supremo, cifra la valía de cada cual en el mérito y en el esfuerzo personales, y no, en ningún caso, en el albur de la herencia. O. como hoy, en el albur del albur, esto es, de la lotería.

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