Diario de León
Publicado por
FERNANDO ONEGA
León

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IGNORO las audiencias que habrán tenido las televisiones ayer, a las 12,30. Pero estuve en un almuerzo de más de una docena de periodistas, y todos habían visto la sesión fotográfica de la petición de mano, habían escuchado al Príncipe y repetían frases textuales de doña Letizia Ortiz. Por lo visto, a mis compañeros de oficio ya sólo les queda una incógnita: saber qué quiso decir la novia cuando anunció que ponía un «punto y aparte» en su actividad periodística. La sorpresa procede del hecho de que todos esperaban que dijera «punto final». Por lo demás, los espectadores la han visto muy segura de sí misma y dueña de la situación, como si hubiera nacido en el seno de una familia real. Esta chica, si se me permite la expresión, promete. Como se dice en estos casos, no va a ser un simple «florero» en el Palacio de La Zarzuela. De todos los «fastos» que hasta ahora se han vivido, con gran éxito mediático, a este cronista le interesa especialmente un aspecto: el tono de las intervenciones de los prometidos. Hubo declaración pública de amor, y eso es gratificante. Pero hubo, sobre todo, lo que interesa de cara al futuro: valoración de una tarea y de la capacidad para ejercer el difícil oficio de Reina. Eso es lo que quedará una vez que se hayan superado las emociones. En sus dos encuentros con la prensa, don Felipe se ha preocupado de resaltar que Letizia está capacitada para su función. Y ayer destacó nada menos que siete cualidades que avalan su diagnóstico: elocuencia, inteligencia, coraje, responsabilidad en el trabajo, principios, rectitud y ejemplaridad. No creo que ese retrato sea sólo fruto de la pasión amorosa. Es la valoración que tiene que haber hecho para que su relación haya sido algo más que una aventura pasional. La pareja real va a necesitar esas cualidades cuando llegue el momento de la sucesión. Don Juan Carlos ha ganado la voluntad popular a base de ejemplaridad y de ser garante de las libertades. La monarquía de Felipe VI, con los datos de que ahora disponemos, tendrá otros dos desafíos: ser la Corona de la unidad de España, en el supuesto de que continúen los pulsos nacionalistas, y pasar del «juancarlismo» que la mayoría profesamos a un sentimiento monárquico tanto o más ligado a la institución que a la persona. En ese sentido, el matrimonio es una parte fundamental. Y no sólo por lo que supone de continuación de la dinastía, sino por un viejo principio elemental: las instituciones son lo que son las personas que las encarnan. Hasta ahora sabemos que se ha acertado en la elección. Lo que ocurra a partir de ahora tendrán que ganarlo día a día. De momento, suena bien.

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