EL RINCÓN
La factura del Prestige
LA CATÁSTROFE del «Prestige» ya tiene precio: nos costará, porque Hacienda somos todos, unos 8.000 millones de euros, entre pérdidas económicas en el sector pesquero y gastos de limpieza. Fue terrible. Las compactas pellas llegaron a las más apartadas orillas, como si una súbita diarrea hubiera acometido a todas las sirenas, que dejaron de emitir sus engañosos cantos. Temimos y aún seguimos temiendo en cierta medida por el zoo marino que siempre ha alegrado nuestra existencia. Los que trabajamos por ganarnos el pan y el aperitivo sufrimos un golpe muy duro y estuvimos unas cuantas semanas sumidos en la desolación. Siempre nos imaginamos el paraíso, no sólo en forma de biblioteca, sino en forma de piratería de las costas gallegas. ¿Cómo dan para tanto?, ¿cómo pudieron enlutarse de repente?. Fue una masacre. Cundió el pánico entre el apegado ciempiés de los percebes, dejaron de sonar crótalos de las almejas y enmudecieron las ostras dentro de sus cajas minerales. Incluso se suicidaron los centollos ataviados para el torneo submarino. Ahora nos alertan de que la marea negra sigue viva, un año después de la tragedia, a la que continúan llamando «accidente». No lo fue, porque era previsible, en primer lugar y en segundo porque era evitable. Más de 3.000 kilómetros de litoral resultaron contaminados y unos 30.000 pescadores sufrieron las oscuras consecuencias. Los más pesimistas, que son los que están mejor dotados para adivinar el futuro, dicen que serán necesarios diez años para recuperar el ecosistema, y los más optimistas, que son los más felices al equivocarse, aseguran que bastará con dos. El mar es una gigantesca «turmix» y además no descansa nunca, ni siquiera cuando da la impresión de que duerme o de que se arrepiente de sus abogados. La suerte adversa no siempre depende de los dioses malévolos. En muchas ocasioa la desgracia hay que ayudarla. Cerca de 10.000 toneladas de fuel se en cuentran todavía a la deriva, como islas navegantes, y hay que pagar la factura.