TRIBUNA
Unicef llama a tu puerta
HACE ALGO más de un mes saltó la noticia a los medios informativos : hutus y tutsis, del África profunda, habían hecho sonar -de nuevo- los tambores de sus feroces enfrentamientos. Parece como si sobre la piel del bello escenario lacustre de Ruanda y Burundi se manifestara el estigma de una predestinación cainita. Casi siempre la peor parte se la llevó la etnia hutu. Aunque es bien cierto que cuando a ésta les correspondió la tarea de gobernar, lo hizo con sañuda persecución de las vidas e intereses de sus oponentes raciales. Sea como fuere, lo cierto es que han vuelto a la táctica de la mutua persecución sistemática; de acabar con el de enfrente por los procedimientos más bestiales y rápidos posibles. En consecuencia, los primeros en sufrir el horror del holocausto han sido... los niños. Los pequeños infortunados que, generación tras generación, soportan odios y vesanías de sus mayores. Para que los lectores se sitúen en la historia y eventos bélicos, de aquélla zona, y en las irreductibles posiciones de los gobiernos de Kigali y de Bujumbura, recordaremos las luchas sanguinarias que ambos protagonizaron a mediados de la última década del pasado siglo. Muchos refugiados (hutus, repito, la mayoría) no quieren volver a Ruanda donde gobiernan casi siempre los tutsis ; temen las represalias. El campo de Mugumba se creó en 1994 para acoger a unos sesenta mil refugiados ruandeses. Desde entonces viven en él un millón de personas, de las cuales un porcentaje elevadísimo carece de lo más indispensable para subsistir. Entonces, en 1995, se produjo una hambruna tan severa que costó la vida a cientos de miles de personas. Fue mencionada la cifra de 100.000 niños, muertos de hambre... Además, y por si lo anteriormente descrito no tuviera suficiente dramática entidad, echen ustedes un vistazo a los campos de desolación, mustio collado, de los confines de la Franja de Gaza y de Cisjordania, en los que han estado pereciendo los niños, ¡a diario y por centenas!, sin que se vislumbren, salvo milagro, soluciones a un problema que, además de contar con hoja de ruta , ha perdido el rumbo de la cordura y la racionalidad. Y evito mencionar otros terroríficos azotes de la infancia victimada, que pondrían a cualquiera los pelos de punta. ¿Se atreven ustedes a pensar cómo se hallarán en estos momentos los ánimos de los niños de los barrios y aduares de Bagdad, o de Basora? A la suma de ese cuadro de pavores y miserias, de niños masacrados y tierras quemadas, de fríos del alma y ensañamientos de lo peor de la condición humana, no podemos contraponer, de la noche al día, la taumaturgia de una corrección generalizada. Ni la eliminación de todas las lacras y carencias del tercer mundo. Pero si nos es posible contribuir por medio de instrumentos idóneos y especializados en asistencias emergentes, por ejemplo Unicef, a mitigar y reducir ese panorama de desolaciones infantiles. Organismo, el citado, que viene desde hace sesenta años taponando y restañando heridas en diferentes paralelos de la Tierra. Y especialmente en aquellas laceraciones, físicas o psíquicas, que producen dolor, miedo y hambre a los seres menores. Los más desprotegidos ; las primeras víctimas de todo conflicto. Los niños. Les puedo asegurar que mi propósito no es el de amargar las horas normales de su cotidianidad -que deseo amable-. Únicamente aspiro a despertar sus sentimientos humanitarios a una realidad que está ahí, torva y terca, ennegreciendo el mundo, camino de la desertización moral y el indiferentismo de las conciencias. Y bien cerca está el honrado pretexto para ayudar a aquellos pobres chavales: la cena de Unicef, en el hotel Conde Luna, el próximo día 21, a las nueve y media de la noche. Unicef, sí, está llamando a su puerta. Ábrasela, por favor.