DESDE LA CORTE
El ministro feliz... o francés
¿USTED sabe en qué consiste exactamente el proyecto ITER? Yo tampoco. Pero, como leemos los periódicos, sabemos que es un fabuloso proyecto de investigación, que supone una inversión no menos fabulosa y que creará cientos de miles de puestos de trabajo. Es decir: el negocio del siglo. Y se lo ha quedado Francia, que ahora debe competir con Japón y Canadá. España se conforma con la posibilidad de ser la sede de su Entidad Jurídica Europea, que tampoco sé en qué consiste. La noticia tiene que haber sorprendido de forma desagradable a José María Aznar, porque había hecho un viaje triunfal a Vandellós, a vender la piel del oso. Una de dos: o cuando programó esa visita tenía algún indicio de esperanz a, o era una parte de su campaña electoral en Cataluña. Personalmente, creo lo primero: habíamos apoyado a Estados Unidos en la guerra de Iraq, «Jeb» Bush había anunciado «increíbles beneficios» para nuestro país, y habíamos conseguido salir de la orilla del camino de la historia. Con esos datos, no era quijotismo soñar con el ITER. Los grandes apoyos a nuestra candidatura eran más creíbles que nunca. Pero hay más: ayer mismo, mientras se decidía en Bruselas, el señor Aznar estaba con empresarios catalanes. Y siguió mostrando su esperanza «si la suerte nos acompaña». Allí vendió lo mucho que habí amos trabajado nuestra candidatura y cómo íbamos a duplicar nuestra aportación económica, por dinero que no quede. Y aquí empieza lo extraño: mientras el presidente hablaba con esa confianza, uno de sus ministros, Juan Costa, renunciaba en Bruselas a la candidatura española y se ponía a apoyar la francesa. ¡Oh, misterios de la gran política! ¿Actuaba Costa por su cuenta y riesgo? ¿Hemos renunciado sin obtener de Francia nada a cambio, en una decisión alegre y mañanera en Bruselas, a espaldas del presidente del Gobierno? Digo «decisión alegre», porque Costa, además, compareció ante los periodistas como un hombre feliz. Mientras Pasqual Maragall calificaba la noticia como «la peor de los últimos 25 años» y Jordi Sevilla mostraba la «consternación» socialista, Juan Costa calificaba el acuerdo como magnífico y se deshacía en elogios a la decisión de elegir a Francia como candidata europea. Hombre, todos sabemos que los socialistas exageran. Hasta parece que se alegran cuando tienen un fracaso que atribuir al gobierno. Pero la alegría del señor Costa merece pasar a los anales de las actitudes políticas ante la adversidad. Aunque, ahora que lo pienso, ¿será que el señor ministro se ha hecho francés?