Diario de León
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ANTONIO PAPELL
León

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LA CONSTITUCIÓN de 1978, edificada partiendo de cero sobre una paramera legal, permitió a los constituyentes -relevantes políticos de una generación irrepetible, apoyados en el saber de unas promociones universitarias muy bien preparadas- elaborar una Carta Magna modélica, que se apropiaba de todos los avances doctrinales de las modernas democracias de nuestro contexto e incorporaba soluciones imaginativas a los viejos contenciosos históricos de nuestro país. Al contrario de todos los demás procesos constituyentes españoles desde 1812, la nueva Constitución de la democracia española, que hoy cumple 25 años, no nacía como una tentativa provisional de convivencia sino con vocación de perennidad, aunque también con la conciencia de que, como todas las demás de nuestro entorno democrático, tendría que ser periódicamente mejorada para que no perdiese su relación con la realidad. A pesar de que en 1978 derecha e izquierda mantenían aún discursos opuestos en cuestiones socioeconómicas y los nacionalismos punzaban ya con sus reclamaciones particularistas, resultó posible el prodigio. La Constitución fue obra de un amplísimo consenso, refrendado por el masivo respaldo de la ciudadanía en el posterior referéndum. La Carta Magna sigue en pleno vigor porque permanece prácticamente intacta la adhesión que suscitó desde el primer momento. Sin embargo, la Constitución está hoy herida, y la lesión no es interna, no proviene de algún desajuste lacerante de su propia estructura, sino externa, ajena a su corporeidad. Ha explicado José Antonio Marina que «la globalización está provocando un obsesivo afán de identidad, que provocará muchos enfrentamientos». En efecto, la materialización de la «aldea global» gracias a las nuevas tecnologías, la universalización de la cultura de masas con pérdida de los rasgos identificativos de las diferentes comunidades, la tendencia a la homogeneización que proviene de un «sistema global» dominado por los vectores culturales anglosajones son elementos de una corriente uniformista, escasamente sensible a las reclamaciones humanistas, que provoca como reacción la exacerbación del nacionalismo. El hombre pusilánime, asombrado al verse difuminado por la globalidad, busca en sus raíces el refugio que le permita preservar su entorno cercano, su identidad diluida en la sobrecogedora evidencia de la mundialización. Es mendaz la afirmación de que esta explosión reivindicativa haya sido causada por la rigidez de un marco constitucional que se caracteriza precisamente por su casi inagotable flexibilidad. Lo cierto es que ha sucedido más bien al contrario: los nacionalistas veían agotada su capacidad de lamentación victimista y de reclamación sistemática al ver que la mayoría de sus viejos anhelos habían sido atendidos, y, antes de considerar concluida la senda de la exigencia, han optado urdir la fácil estratagema de pedir lo imposible, la independencia. Saben que no van a conseguirla (porque sus propios connacionales no la desean), pero sus demandas ya tienen cuerda para varias décadas.

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