TRIBUNA
Endeblez política
A UN político se le reconoce por su personalidad y por la densidad de las propuestas que presenta a la sociedad, con la pretensión legítima de lograr su apoyo y convertirse en presidente del gobierno de la nación. Desde su elevación a tan honroso puesto, José Luis Rodríguez Zapatero vivió una etapa -la llamada de «oposición tranquila»- que le hizo presentarse ante la sociedad como alguien a quien habría que tener en cuenta en el futuro. Quizás hubiera seguido por ese camino, largo cuando se está en la oposición, pero no supo no le dejaron. Apenas firmado aquel «Pacto de las Libertades contra el Terrorismo», que recibió importantes adhesiones de la mayor parte de las fuerzas vivas españolas, así como algunos rechazos igualmente sonoros, comenzó una carrera errática, de tumbo en tumbo, que ponía en evidencia no sólo su prisa por llegar a La Moncloa -lo que cualquiera entiende- sino que actuaba empujado por un partido convertido en una lucha de todos contra todos, que le ponía en un verdadero brete en cada ocasión. En vez de demostrar a los suyos y a los de fuera que quien mandaba era él, se colocó siempre delante de la ola, esperando salvarse de no ser arrastrado y, de paso, pensando que si corría por el atajo llegaría antes a donde estuvo su amigo y mentor político, Felipe González. En el País Vasco hizo todos los guiños que pudo el PNV, distanciándose de la línea de cordura que se había impuesto en el mencionado Pacto. Defenestró a Redondo Terreros, que tenía ideas muy claras sobre la cuestión, para poner a otros varios, cuyo nombre no merece ser escrito, que se convirtieron en comparsas vergonzantes del PNV. El alcalde de San Sebastián es una de las muestras más claras del esperpento político socialista que allí reina desde hace años. Con la tragedia del «Prestige», se convirtió en el hombre-pancarta, sumándose a cuanta manifestación se convocó con el pretexto de protestar contra el vertido y la razón verdadera de hacer responsable de él al gobierno popular. Se acercaban las elecciones, y había que aprovechar todo lo aprovechable. Pero los resultados electorales municipales y autonómicos demostraron escasa incidencia de la tragedia ecológica y su nula rentabilidad electoral para el líder socialista. Vino luego lo de la guerra de Irak, donde incluso políticos populares se emboscaron en el silencio -estaban missing (desaparecidos)- y poco menos que acusó directamente a Aznar de las barbaridades del sátrapa babilonio que acaba de ser hecho prisionero. Como ha dicho Jiménez Lozanitos, ahí se mezclaba su aversión hacia Estados Unidos, y su simpatía hacia Bin Laden, no por ser éste un terrorista, por supuesto, sino porque recogía el testigo de oposición que en su momento representó el modelo soviético, sueño dorado de la izquierda, y que se disolvió como un azucarillo en cuanto la piqueta hizo mella en el muro de Berlín. Tampoco esta guerra tuvo una apreciable incidencia electoral Ahora se acercan las elecciones, y no sé si Zapatero y sus inmediatos asesores no desearán en su fuero interno otro petrolero que encalle o un nuevo conflicto bélico, pues es obvio que albergaban la esperanza de una campaña electoral bajo las bombas y donde toda Galicia estuviese embadurnada de petróleo... ruso. Y por último, las elecciones catalanas han dado la victoria a nadie, pero han permitido que un líder actualmente socialista -Maragall- pueda formar un gobierno con los comunistas y con los independentistas catalanes. A lo mejor pudo entrever los riesgos que tal gobierno conlleva, pero Maragall tampoco le dejó opción. Advirtió que negociaría haciendo las concesiones necesarias para poder ser presidente, aunque capitidisminuido por las pesadísimas hipotecas que tendrá que pagar para sentarse en el palacio de Sant Jordi. Y Zapatero no tuvo más remedio que claudicar: aunque ese pacto sea pan para hoy y hambre para mañana, lo dio por bueno, porque es la única victoria -o casi- que puede presentar a los suyos. Y porque con su permiso o sin él, Maragall lo habría llevado a cabo. De poco vale que se rasgue las vestiduras diciendo que han empezado las críticas a un gobierno que aún no se ha constituido. Como excusa, es difícil hallar otra más endeble. Naturalmente que no se critican actuaciones de gobierno, lo que se critica es la existencia misma de un gobierno surgido de semejante pacto. Podrá ser legítimo porque la ley lo ampara, pero esa misma legitimidad tienen quienes lo consideran pernicioso para manifestarlo así. Rasgarse las vestiduras por ello es un gesto que recuerda a los fariseos de la Biblia. En fin, Zapatero ha demostrado que no es un político sólido, y aquí dá lo mismo si no lo es por naturaleza o por la fuerza de las circunstancias. Políticamente es muy endeble y eso los españoles lo perciben. Personalmente dudo mucho que pueda convertirse en alternativa de gobierno, al menos por el momento. Porque recuerda al aúriga de Ben-Hur en la carrera de carros, sólo que él está corriendo delante de los caballos.