Diario de León
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RAMÓN PI
León

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TODAVÍA quedan algunos plenos del Congreso por celebrarse, pero Aznar ya no hablará en ellos, y no tendría nada de extraño que tampoco asistiera, dada la forma que tuvo de decir adiós a su etapa parlamentaria, que se cerró con una ovación (sobre todo de los suyos, claro), de dos minutos de duración. Una despedida parlamentaria como la de José María Aznar no es algo frecuente en nuestros usos políticos. Lo usual es que un político relevante llegue, suba, se carbonice, y caiga. Eso les pasó a Suárez y a Felipe González, y en menor medida a Leopoldo Calvo-Sotelo, por lo especial de sus circunstancias. Curiosamente, en menos de un mes se han producido otras dos excepciones a la regla general de lo que podríamos llamar antropofagia política: Jordi Pujol, en la última sesión del Parlamento catalán a la que asistió como presidente de la Generalidad en funciones, fue despedido también con un aplauso, esta vez más generalizado. Tampoco se carbonizó, y eso que se mantuvo en el poder veintitrés años seguidos. Y, en tono algo menor, el diputado del PP Andrés Ollero se despidió de la política con una carta ejemplar, en la que anunciaba su vuelta a la cátedra universitaria tras diecisiete años de dedicación a la vida pública, y lo hizo cuando su partido tiene mayoría absoluta, y no hay crisis interna ni razones para agredir a nadie yéndose. Sencillamente, consideró que era el momento de dar por terminada una etapa. A Ollero no se le aplaudió en el hemiciclo, pero le montaron un homenaje al que asistieron varios cientos de personas. A Ollero no le buscaba las cosquillas nadie digno de tener en cuenta. A Pujol tampoco nadie lo quería hundir, porque Pujol era como el Barça, algo más que un líder de partido. Pero a Aznar le tenían ganas, y de verdad, unos cuantos. Sólo que se les ha ido vivo.

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