Diario de León
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FERNANDO DE ARVIZU PARLAMENTARIO REGIONAL Y EX SENADOR
León

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NO HACE mucho, alguien preguntó a un senador veterano exactamente eso. Su respuesta fue: para hacer lo mismo que en el Congreso, solo que con más ciencia y con más educación. No puedo estar más de acuerdo con su respuesta, porque incide en la tradicional ignorancia que la común opinión suele tener sobre el Senado. La experiencia democrática europea ha llegado a la conclusión de que es mejor el sistema bicameral que el de una sola cámara legislativa, históricamente circunscrito a períodos revolucionarios. Cuando la cuestión se planteó a la hora de redactar la Constitución republicana de 1931, el prof. Jiménez de Asúa, uno de sus ponentes dijo lo siguiente: «si de ambas cámaras una es democrática y la otra no, sobra la última; y si ambas son democráticas, sobra una de ellas». Tal ligereza se parece a la del sultán que mandó quemar la Biblioteca de Alejandría, cuando dijo a modo de justificación: «si todos estos libros dicen lo mismo que el Corán, sobran; y si dicen lo contrario, sobran aún con más razón». Hoy se ha superado la tradicional falta de base democrática del Senado, que se dio -aunque en desigual medida- en todas nuestras Constituciones y proyectos, desde 1834 a 1876. Cosa distinta es la base territorial que el Senado deba tener en un Estado de las Autonomías, pues cuando se instauró no existían éstas. Y ahora sigue siendo de base provincial, a la que se añaden los elegidos por los 17 parlamentos autónomos. Es un sistema que puede agradar o no, que puede ser cambiado o no, pero al que nadie niega su base democrática ni su representación territorial. En segundo lugar, en el Senado se hace lo mismo que en el Congreso: se legisla y se controla al gobierno. Esto último mediante preguntas y comparecencias. La labor legislativa -salvo en casos de iniciativa del propio Senado- es de segunda lectura, de enmienda de los proyectos aprobados por el Congreso, aunque éste debe, el final del proceso, asumir o rechazar las enmiendas del Senado. Hacer una ley es algo complejo y lento, porque es cosa muy importante y por ello, cuantos más la estudien, mejor. En cuanto a la muletilla de que en el Senado se trabaja poco, cualquier senador o senadora podrá dar fe de que no hay semana que no esté en Madrid al menos 3 días, igual que ocurre en el Congreso. Sí hay, sin embargo, un mayor peso político de la cámara baja respecto a la alta. Los presidentes del gobierno son investidos por el Congreso, allí se debaten la moción de censura y la cuestión de confianza, y tradicionalmente -porque no hay precepto que lo impida- los presidentes del gobierno no comparecen en el Senado. Es una costumbre que convendría cambiar, porque es bueno para la salud democrática del poder legislativo. Este mayor protagonismo del Congreso se traduce en que allí los debates son más vivos, en el sentido de virulentos, en ocasiones desgarrados. En el Senado no: allí las formas se cuidan mucho más, lo que no está reñido con ser un parlamentario implacable, pero no se suelen perder los modales. Recuerdo que en 1999, cuando la anterior Legislatura agonizaba, hubo un debate denso en la Comisión de Exteriores. Un senador recién llegado intervino con gran viveza. Cuando le llegó el turno al portavoz -era el socialista, y señalo este extremo- le dijo: «Senador X, esto no es el Congreso, estamos en el Senado, y tales intemperancias aquí no son de recibo». Es, pues, costumbre senatorial inveterada que los debates sean más serenos y cuidados. Y para ello no solo bastan las formas, hay que usar más la ciencia política para que tengan el contenido que tienen. El que grita, el que pierde los papeles, muchas veces no esconde otra cosa que la falta de argumentos: se grita cuando no se tiene nada que decir. De todas formas, la opinión pública considera a los parlamentarios -de ambas cámaras- como unos meros gestores de los intereses de su provincia. Y lo cierto es que son mucho más que diputados provinciales. Los periódicos -y Diario de León lo ha hecho recientemente- suelen publicar un ránking de iniciativas de cada parlamentario en relación a su provincia. Eso es bueno, porque en principio, la falta de iniciativas denota desinterés, y al contrario. Pero ese indicador debe ser ponderado en base a dos variables. La primera, que es muy distinto ser parlamentario de la oposición que serlo del partido que gobierna. En el primer caso, se puede pedir todo, hasta lo más disparatado. No hay que preocuparse de si es o no realizable, de si hay presupuesto o no. Como lo que se trata es de desgastar al gobierno, el buen parlamentario de la oposición pide imposibles que no lo parezcan a primera vista. Es su trabajo, muy respetable, pero que no engaña a ningún parlamentario consciente. Mientras que el parlamentario del partido gobernante debe pasar varios filtros antes de que una iniciativa suya pueda presentarse, lo cual no siempre ocurre. Por eso suele decirse que en la gestión, el protagonismo es del gobierno, y en el parlamento, de la oposición. La segunda variable es que el parlamentario del partido gobernante hace muchas más cosas que presentar iniciativas: favorece encuentros entre cargos de su provincia con el gobierno, obtiene cosas que luego se «venden» en la provincia, interviene en la legislación (lo cual no se cuenta como iniciativa provincial) incluso como ponente de una ley, lo que es un trabajo no pequeño. Y por último, lleva a cabo misiones que el propio gobierno no debe realizar. Recuerdo que, en una reunión de parlamentarios de ambas cámaras de todos los países de la Unión Europea (Bruselas, octubre 2001) la diputada Isabel Tocino y quien esto firma, abortamos una encerrona en la que se quería meter al gobierno español justo antes de comenzar su presidencia semestral. Lo que ocurre es que de tales cometidos no puede ni siquiera informarse a la opinión pública, pero el trabajo, ahí está, y lo conoce quien lo tiene que conocer. Con ello, ha querido demostrarse que un senador sirve para mucho. Como debe ser.

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