TRIBUNA
Dos piedras en el Campus y una lección magistral
ADEMÁS de haber acelerado, tal vez, la recuperación del servicio de limpieza de los jardines del Campus, la instalación de la escultura de Vinicio Momoli ha sido un acontecimiento excepcional ligado a las celebraciones del XXV aniversario de la Universidad de León. Excepcional porque formó parte destacada del acto inaugural con una nutrida representación protocolaria, y porque según algunos indicios que ya han sido dados a conocer se trata de una obra de un elevado valor artístico. Por supuesto, ningún aprecio cabe hacer de las descalificaciones, que también se han dejado oír. Sobre el protocolo, no hay nada más que decir, una vez acreditada la correspondiente constancia hemerográfica. Y sobre la valoración artística que pueda seguir haciéndose, serán personas competentes en la materia quienes deban descubrir los códigos y referentes que nos permitan entender el significado que el autor pretendió dar a las formas que individualizan su obra. ¿De qué podemos tratar entonces? Partiendo de nuestro desconocimiento, de nuestras dudas, podemos indagar, preguntando, sobre el mensaje que el autor nos ha querido transmitir con carácter de legado o contribución permanente, incrustada en el centro mismo de la vida universitaria. Por ello hemos de empezar suponiendo que dicho mensaje estará en consonancia con los principios y los valores que secularmente se le atribuyen a la institución universitaria. Suponemos que Momoli nos ha querido impartir una lección, artísticamente instrumentalizada, pero portadora en el fondo de múltiples significados que los universitarios en particular y el resto de ciudadanos en general tienen la oportunidad de aprender y admirar. Esta lección podría estar compuesta de resonancias científicas multidisciplinares, entreveradas con mensajes éticos, presentes ya en la concepción primigenia de la obra, o incorporados posteriormente, una vez que la escultura ha empezado a tener «existencia social». Una primera lección se relacionaría con la forma de entender el mundo de un geógrafo. Por alguna razón que trasciende la mera erudición se ha difundido la procedencia de los bloques de piedra utilizados para la composición del conjunto: la montaña de Boñar. Esta especificación geográfica implica -creo- hacer una prescripción de calidad sobre las propiedades de la materia utilizada. ¿Y a qué idea sirve la contrastada calidad material? Esta primera lección que Momoli ha podido recrear es tal vez la más universal de todas: la de la dialéctica de la naturaleza. Si de relieves terrestres hablamos, la evolución de sus formas sigue un proceso gradual que denominamos ciclo de erosión, mediante el cual la montaña se transforma en suelo fértil. ¡Toda una sugerencia metafórica! Con la intervención humana el cambio gradual es acelerado hasta la ruptura y el desgarro. Los bloques extraídos, cual partes representativas del todo montaña, son transportados para su reubicación en el Campus y dotados de significación a modo de principios fecundantes al contacto con su «suelo». Se trataría ahora de una fecundación intelectual, a través de una significación ampliada que empieza visualizando la presencia del hombre frente a la naturaleza: para transformarla, para reproducirla y también para degradarla. ¿Podría representar el bloque compacto una geografía física, más próxima a la naturaleza originaria? ¿No sería, por el contrario, el bloque parcialmente vaciado una metáfora de la geografía humana? ¿Y si entendiéramos el «vacío» como una antífrasis y por lo tanto con un significado de penetración, de transparencia, de inteligencia, de pensamiento; atributos diferenciadores de lo humano con respecto a la materia inerte? Una segunda lectura sitúa la obra en el campo de la antropología. De una antropología física y cultural a la vez, o filosófica, para simplificar, en la que el espíritu es siempre entendido como una creación de la carne; en este caso, de la piedra. Si los bloques, como creo, nos transmiten un mensaje antropomórfico, el día de la inauguración Momoli nos presentó a una pareja humana. Un hombre y una mujer; ésta explícitamente señalada por su papel determinante en la proyección de la vida, si podemos interpretar el «vacío» como el efecto pre o postfigurado de una gestación. Pero lejos de quedarnos en el realce de la maternidad, tal vez lo que el autor haya querido significar con la equiparación de altura entre los bloques haya sido la igualdad entre ambos componentes de la pareja. Igualdad que no es posible alcanzar si no se empieza diferenciando lo que la maternidad tiene de fundamento biológico y de práctica asumida culturalmente. Una tercera lectura, que puede ser compatible con cualquiera otra, pues la abstracción hace posible tejer una red de significados en torno a un único soporte material, podría ver recreada una elemental escena pedagógica: la relación entre un maestro y su discípulo; éste con una corporeidad aún compacta, mientras que la figura del maestro, parcialmente vaciada, puede ya reflejar en su minorada corporeidad la máxima de que el «saber no ocupa lugar». Podríamos incluso aprovechar la circunstancia de la ubicación precisa de los bloques en el Campus para suponer recreada la escena del interminable debate entre las «Ciencias» y las «Letras», si cada uno de los bloques representara en su «diálogo» a las Facultades que tienen a sus espaldas: la de Filosofía y Letras y la de Biología y Ciencias Ambientales. Pero tal vez el debate entre ambos contendientes, además de literario y científico, llegue a alcanzar un elevado nivel filosófico. Tan sólo tenemos que imaginar cómo la piedra en ambos bloques cobra vida hasta encarnar espiritualmente dos estereotipos del pensamiento humano: el dogmático, adscrito a creencias irracionales, formalmente cerrado y opaco, y el abierto y transparente, penetrado por la luz, ilustrado. Quizás Momoli no pretendió otra cosa que ilustrar la dialéctica de la naturaleza con la representación de un cristiano y de un kantiano, llamando así la atención de los universitarios sobre lo que cada uno representa: la razón en estado crítico para el primero, y la crítica de la razón para el segundo. Probablemente nos equivocaríamos si pensásemos que el autor renunció a las sugerencias políticas al realizar su obra. Los bloques pareados parecen materializar un encuentro y una relación de diálogo, mensaje nada subliminal en sociedades ricas, defensoras ahora del «desarrollo sostenible», a la vez que visitadas por masas hambrientas que huyen del «subdesarrollo insoportable». Pero el encuentro pudiera no ser más que una coincidencia geográfica, proclive en cualquier momento al roce y a la separación por motivos sociales, étnicos o culturales. La franja de separación entre ambos bloques puede ser interpretada como la expresión formal de una frontera; y como tal, sujeta a significados contradictorios. Fronteras hay que son la expresión de un consenso territorial, de una relación pacífica entre vecinos garantizada en el respeto mutuo. Pero en otros muchos casos la frontera es la expresión del movimiento geohistórico: de las tribus y de los pueblos, de los imperios y de los Estados. Se convierte en una línea de separación provisional y, por lo tanto, en una línea de tensión que abre la puerta al conflicto y a la guerra. Frente a la profundidad, extensión y continuidad de estos problemas que atosigan las relaciones humanas, Momoli nos imparte una lección que ha de perdurar, anclada en tres pilares: el del conocimiento, el del diálogo y el de la ética. Vinicio Momoli ha hecho de la piedra de Boñar un instrumento portador de categorías intelectuales y de valores universales. Con toda probabilidad no conoce el escultor la realidad política provincial; pero no es imprescindible, pues la lección de universalidad impartida ha de sobreponerse a cualquier relativismo cultural, tanto si se trata de los inconscientemente asumidos, como de los expresamente cultivados, tal y como ocurre en estas tierras leonesas, donde unos pocos, con el «hecho diferencial» alborotado, pretenden clavarnos la bandera de la autodelimitación.