TRIBUNA
Amilivia, en su sitio
MARIO Amilivia es el primer candidato que figurará en la papeleta del Senado en la candidatura del Partido Popular en las próximas elecciones generales. Tiene títulos más que sobrados para ello: ha sido ya senador, como antes fue diputado nacional. Pero es que ha ocupado la alcaldía de la capital dejando la impronta del mejor alcalde que León recuerda. Ha sido trece años presidente del Partido, presidencia que tuvo que abandonar por un incomprensible acuerdo de la dirección nacional, que vetaba acumular un escaño de senador con la alcaldía de una capital de provincia y con la presidencia del Partido Popular a ese nivel. Ni el Partido se resentía de tal acumulación, ni nadie lo demandaba, porque Amilivia fue siempre un hombre de integración y de trabajo duro. Yo he sido testigo de excepción de cómo, con motivo de la elaboración de algunas listas municipales, los responsables locales entraban furibundos en su despacho, pero salían relajados y sonrientes de él tras una reunión de diez minutos. Era, desde luego, todo un presidente provincial. Pero él es una persona que ha dado su vida a un proyecto político y que, paradójicamente, jamás «ha vivido del partido». Cuando atravesó el desierto, a finales de los 80, abrió despacho de abogado, se casó y ambos esposos fueron bendecidos con el nacimiento de la primera de sus hijas. Luego volvió a la presidencia provincial y a las Cortes Regionales, período en el que llegó la segunda hija. Ganó entonces Amilivia todo lo que se puede ganar: las elecciones autonómicas del 95 y del 99, las generales del 96 y del 2000, en las que fue el senador más votado de la provincia. Y ganó en 1995 la alcaldía de León con mayoría absoluta, por primera vez desde la transición. Bajo su presidencia, se recuperó el gobierno de la Diputación Provincial y luego se consolidó con mayoría absoluta. No hay exageración ninguna en decir que se convirtió, en virtud de su propio trabajo, en un referente de la política leonesa, algo reconocido por todos los partidos. Tuvo su momento de elección en seguir o no en la política regional. Grandes beneficios hubiera tenido nuestra provincia, y aún la Comunidad Autónoma, de haber sido así. Pero otra decisión del partido igualmente incomprensible -cuyas razones quizá algún día explicaré- prohibió a los alcaldes de capitales de provincia ser procuradores autonómicos. El aceptó -como ha hecho siempre- las decisiones superiores, aunque esta no la compartiese, y se dedicó a la alcaldía, en la que siguió gobernando, primero en minoría y luego en coalición. Con ello evitó durante cuatro años el pacto vergonzante que León está sufriendo ahora: pacto de rencor y de ineficacia municipal. Aunque ganó las elecciones con una excelente candidatura, desde mucho tiempo atrás socialistas y leonesistas ya habían decidido quitarle la alcaldía, mediante un pacto secreto que empezó por ahí, luego siguió por Caja España y puede continuar por la Universidad o vaya usted a saber. Tal encono contra Amilivia es un encono personal: las manifestaciones públicas contra él, por parte de los actuales munícipes -o así- lo evidencian palmariamente. Porque Amilivia fue quien acuñó la frase -y la llevó a la práctica- de que nada que sea malo para León es bueno para el Partido Popular. Y eso es algo que se aguanta mal, tanto por quienes no ganaron nunca, como por los que solo medran en el «cuanto peor, mejor». Los ciudadanos son mucho más listos de lo que algunos creen. Soy igualmente testigo de excepción de que los casi 5.000 votos senatoriales que Amilivia obtuvo sobre el segundo más votado de la lista, fueron un desagravio de muchos leoneses por no haber votado -o llegado tarde- en unas elecciones municipales (de 1999) que se creían ganadas de antemano. Un buen amigo de la Universidad solía citar lo que le dijo en una ocasión un paisano de la montaña oriental: «¡Es que las urnias dan muchas sospresas !» Vaya que si las dan. Con todo ese bagaje de hombría de bien, con toda su experiencia política -de dimensión oceánica- con su permanente servicio al partido -hasta la oblación personal- con haber vuelto la imperial ciudad como un calcetín, Amilivia sigue siendo una persona honrada, eficiente, pero sencilla y aun tímida. Nada de lo que es o de lo que ha hecho se le ha subido a la cabeza. Las candidaturas electorales del Partido Popular se han cerrado ya. Con independencia de lo que Amilivia deseara, Mariano Rajoy en persona le pidió que fuese candidato al Senado, en una legislatura en la que se auguran grandes cambios en esta Cámara; a no ser que quiera llevarle al Gobierno: eso nadie lo sabe, hoy por hoy. Con independencia de lo que Amilivia prefiriese o desease, ha sabido estar en su sitio, como siempre desde que le conozco y ya van para veinte años. Hará una campaña como él sabe hacer, ayudando a todos sus compañeros de candidatura, llevando ese mensaje y esas propuestas que solo pueden creerse de quienes tienen el corazón limpio y la ilusión intacta. Como hombre de partido, yo le deseo que triunfe. Los electores lo dirán el día 14 de marzo; pero como historiador, conozco bien las reacciones de los pueblos en su devenir colectivo y sé que juzgan correctamente. Mucho me extrañaría si Amilivia no viese reconocida su ingente labor por esta ciudad y por esta provincia.