Diario de León

SIETE DÍAS

¿Quién conducirá este tren?

Publicado por
FERNANDO ALLER
León

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FUE la de ayer una jornada de reflexión dolorosa. La conmoción por los atentados de Madrid, que tuvo como válvula de escape la emoción repetida, mimetizada y unánime, en todas las ciudades por la mayor manifestación popular que se recuerda en España. El país entero, representado en más de once millones de habitantes, salió a la calle para mostrar su repulsa contra el terrorismo. En las avenidas de León se contabilizaron cien mil personas y en Ponferrada, unos cincuenta mil bercianos. Unas cifras abrumadoras que explican no solamente la indignación de las personas de bien, los ciudadanos normales, por la masacre terrorista, sino que al mismo tiempo querían expresar también el dolor compartido con los familiares de las víctimas, con esas personas que más allá de cuanto se diga y escriba, no les alcanzará el consuelo. En medio de esa rabia, de ese dolor, de la consternación no superada 48 horas después de estallar las bombas, la fecha del calendario venía marcada con la palabra reflexión: Serenar el ánimo, superar la crisis, crear un puente ficticio entre el antes del 11-M y el hoy electoral. La mente fría para una decisión pensada, sopesada. No caer en eso que los expertos en la conducta humana llaman fisiol, los actos que obedecen a excitaciones no percibidas o controladas por la conciencia. Ese era el objetivo y es bueno que los ciudadanos lo hayamos logrado. Porque lo que hoy votamos es la conformación de un nuevo gobierno, la composición del Parlamento que nos representará en los próximos cuatro años, más allá de emociones puntuales. Sustraerse a la consternación para votar en libertad. Los muertos no tienen patria. Los asesinos, aunque a veces ellos lo ignoran, tampoco. A la víctimas poco les importa ya si el asesinato lo ha cometido un etarra o un musulmán. Y sin embargo, algunos vivos se han empeñado en utilizar estas circunstancias como material de descalificación e improperio. El viernes el Diario de León publicaba en primera página que el terrorismo islámico reivindicaba el atentado. En páginas de interior se daba cuenta de las circunstancias de la reivindicación y se daban también informaciones generadas en el entorno de ETA que exculpaban a esta banda de la masacre. El Gobierno informaba que mantenía las dos líneas de investigación abiertas. Cuatro o cinco personas llamaron al periódico para manifestar su desacuerdo con la información ofrecida. Se negaban a admitir los datos y querían matar al mensajero. Nada que no sea frecuente. Pero tampoco era una reacción aislada. No corrían en una sola dirección. Se acababa de instalar un debate absurdo y peligroso en la mente de algunas personas, más preocupadas por la política de partido que por las víctimas y sus familiares. Una perversión mayor se venía a añadir al debate público que ha propiciado el sospechoso silencio del Gobierno, roto ayer cuando comenzaba a gestarse otro clamor en las calles: queremos saber, decían las primeras pancartas. Acebes anunciaba las primeras detenciones. Caminábamos, y esta sería la perversión más grave, hacia el peligro de diferenciar entre terroristas: el malo y el menos malo. Se ha leído: ETA no es tan sanguinaria. No mata de forma tan indiscriminada. Además, avisa antes de matar. Terrible. España soporta una lacra que se llama ETA, un tumor que es preciso extirpar. No hay terrorista malo y menos malo. El terrorismo es execrable, porque siega vidas humanas y nadie tiene derecho alguno sobre la vida de las personas, ni siquiera el Estado. La perversión ha estado alimentada por los políticos, que sin embargo no han dudado en salir ante los medios de comunicación para adular al pueblo diciendo que los españoles han estado «a la altura de las circunstancias». Naturalmente que sí. Como siempre. Los españoles afortunadamente hemos sabido doctorarnos en democracia en las últimas décadas y sólo algunos, muy pocos, se niegan a licenciarse en tolerancia. Habrá que superar también eso. Si acaso, no están a la altura de las circunstancias en muchas ocasiones aquellos politicos que utilizan el dolor ajeno en beneficio propio. ¿De qué otra forma cabe explicar que allí donde había confrontación, ahora parezca que existe acuerdo? Hasta el jueves, los partidos políticos se acusaban unos a otros de romper pactos antiterroristas, de utilizar en beneficio propio y ajeno cualquier circunstancia, por nimia que pareciese, en torno al objetivo ineludible de luchar contra las personas que utilizan el terror. Después de la masacre de Madrid, unos dicen, y los demás asienten, que es preciso recomponer la unidad, zurcir el maltrecho pacto antiterrorista. Fabuloso: han entendido que no pueden dar la espalda a los millones de personas que, más allá de sus propias ideologías, han caminado juntos por las calles de España con una idea común. Toda una lección para la clase política. Dejémoslo así en abstracto, por aquello de que no es elegante ponerle apellidos y nombre en una jornada como la de hoy, donde lo que importa es el voto como acto de soberanía individual. Es la grandeza de la democracia, que permite que al menos por una vez todos, absolutamente todos, tengamos el mismo valor de representación en esta sociedad por lo demás injusta. El mismo valor con independencia de nuestro origen y de nuestro papel en la sociedad. Todos por igual, por tanto, estamos llamados a elegir a aquellas personas que tendrán como primera obligación conducir honestamente esa fuerza expresada en las calles de España el pasado viernes. Esa marea humana, ese tren que metafóricamente dio título ayer a la primera página de este periódico, en recuerdo de quienes perdieron la vida en los vagones del terror. Sin duda se batirá un nuevo récord de participación ciudadana, porque será otra forma de demostrar que creemos en el valor de las urnas frente a quienes pretenden instalar la decisión de las pistolas, sean de ETA, de Al Qaida o de un descerebrado que obedece a su propio instinto.

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