Diario de León
Publicado por
CONSUELO SÁNCHEZ-VICENTE
León

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JOSÉ MARÍA Aznar está teniendo una amarga despedida. Aspiraba a la gloria. A salir del gobierno y entrar en la historia sin solución de continuidad. Sin tener que esperar los veinte años que tuvo que esperar Adolfo Suárez para que se reconocieran sus méritos, o los ocho que, por el momento, y no sabemos aun hasta cuando, lleva esperando Felipe González a que se reconozcan los suyos. El oscuro objeto del deseo de todo dirigente político, la materia de la que están hechos sus sueños, su vellocino de oro y su Santo Grial, su cielo, es el reconocimiento social. Aznar quería entrar en ese cielo sin pasar por el purgatorio. Y, lo ha rozado con la punta de los dedos. Si la soberbia no le hubiera traicionado, podía haberlo conseguido. Su primera legislatura sin mayoría absoluta mereció elogios incluso de sus adversarios políticos. Pero, aquel talante dialogante, aquel alarde de talento político, desapareció en cuanto obtuvo la mayoría absoluta. ¿Le cambió el poder? Como ya he escrito aquí más de una vez, entre las muchas frases que sobre el poder existen, yo prefiero esta otra: el poder no cambia a los hombres, los muestra. Les permite mostrarse tal cual son. «No nos quieren», sentenció Loyola de Palacio en la reunión que celebró la Ejecutiva del PP al día siguiente de perder las elecciones del 14 de marzo. Con todo cariño, amiga mía: no os habéis hecho querer En democracia, el gobernante que olvida que el soberano es el pueblo, no él: que el poder que circunstancialmente tiene que administrar no le corresponde por derecho divino sino por delegación, que ese poder no es suyo sino de la gente, que lo dan y lo quitan las urnas, y que, cuanto mayor sea la confianza que reciba, mayores deben ser su humildad y su prudencia, despierta temor, no amor. La prepotencia no engendra respeto, sino miedo. Y el miedo engendra resentimiento. Desaparecida la causa de ese miedo, el poder, a ese gobernante no le espera la gloria sino el desprecio. La venganza de los mediocres. O, en el mejor de los casos, la indiferencia. Y al partido que se lo consiente, también. Yo creo que el 14 de marzo las urnas no han castigado una gestión que, como todas, tiene sus luces y sus sombras, sino una forma de gobernar.

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