Diario de León
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VENANCIO IGLESIAS MARTÍN CATEDRÁTICO DE LITERATURA
León

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ME RÍO mucho con Martes y Trece, sobre todo cuando dicen eso de: «Eres mu tonto». Es que hace falta ser «mu tonto», con mu de buey, para creerse tantas tonterías en torno al terrorismo y la lógica (!) del terrorismo. Eso es como cuando se habla de la filosofía del Real Madrid o de Comisiones Obreras o de Gil y Gil y pollas. Una de las imbecilidades que más me han hecho sufrir durante días es la de que, si los últimos crímenes terroristas son de ETA entonces Zapatero tiene alguna responsabilidad, pero si son de Al Qaida la responsabilidad la tiene Aznar por la guerra de Irak. Pobrecillos. Fui profesor durante cinco años en la universidad de Rabat (93-98). Allí y en Ain Choq, el campus de Casablanca, se gestaba el crecimiento de un fundamentalismo que nunca había conocido en Marruecos. Barbudos iluminados que levantaban el dedo adoctrinando a muchachos que no tenían prisa de meterse en el aula, acaparaban la atención de los profesores, que teníamos que cambiar la ruta de entrada para no molestar a los corros de los predicadores. «¡Cuando no hay cabesa...!», decía un profesor sentencioso. Los pasillos estaban empapelados de fotos de las atrocidades judías en Palestina. La policía del rey Hassan puso fin a todo aquello, pero el mal estaba vivo y escondió sus síntomas. Alguien podría pensar que se trataba de muchachos especialmente concienciados ante la barbarie sionista amparada por Estados Unidos y ejercida contra musulmanes, y que se ponía en marcha el panislamismo solidario, pero la prédica tenía otro calado. Aquellos predicadores eran admirados por su vida sencilla y piadosa, por su generosidad y disposición a compartir lo poco que tenían y, ¡horror!, por la bárbara fuerza de sus convicciones religiosas. Ellos hacían ver que era necesario el compromiso con formas radicales de interpretación del sagrado Corán. Creo que volvía la idea de la guerra santa o yijad espiritualizada durante siglos, y que prendía una idea brutal simple y aterradora. Hay que eliminar físicamente a las corrompidas democracias occidentales. No sé cuántos de aquellos muchachos de los corros de predicadores dejaron de estudiar y cuántos se habrán incorporado a células terroristas, cuántos fueron a combatir a Afganistán y cuántos volvieron a Afganistán y de Irak dispuestos a una guerra sin cuartel contra los infieles, contra Occidente. Pero sí sé que el terrorismo idiota desde su nacimiento sólo tiene una cura: los libros. ¿Y Palestina? Los judíos que mandan son hombres de un libro. ¿Pero es que alguien cree que los terroristas son sólo los palestinos y no los judíos? Donde no hay pasión intelectual el alumnado se vuelve pasto fácil de prédicas y panfletos, de ideología restrictiva hasta la deficiencia mental y de un pretendido pensamiento religioso torpemente simplificado. Se engaña miserablemente quien crea que el terrorismo musulmán ha atacado a España para vengarse de su participación en la guerra de Irak. España ha participado más que nada en misión humanitaria y de restablecimiento de un orden imprescindible para que la democracia fragüe y ha participado activamente en la ayuda ante la catástrofe de Rif o de la ciudad de Bam o del terremoto argelino. Pero eso no son méritos ante el terrorismo islámico que ha declarado la guerra a Occidente por ser fieles. Y Occidente es también el Magreb, que así llaman los marroquíes a su bello país. El terrorismo declara hoy que es ajuste de cuentas por la guerra de Irak (ya me dirán qué tiene que ver el islam con Sadan Huseín) y mañana porque no considera suficiente el trato que se da a los inmigrantes o porque, sencillamente, la televisión difunde obscenidades contrarias al Islam o porque los occidentales comen cerdo o porque se les robó Al Andalus desde Covadonga o por no permitir la a confesionalidad en las escuelas y el uso de símbolos religiosos, o por apostasía. El terrorismo islámico siempre intentará justificar sus crímenes como sea. Si a eso se le llama lógica, entonces la alimaña también la tiene. España es una democracia pacífica e indefensa legalmente ante las más brutales agresiones. ¡Un país que cree en la reeducación del delincuente, ahí es nada! ¡Si no se le pudo educar de niño en la escuela, se le va a educar de adulto en la cárcel! Hay que tener al hombre de un solo libro sea este cristiano, musulmán o judío. Y también, hay que temer una educación hondamente ideologizada y politizada como la que se da en muchas escuelas del país vasco. Habría que suprimir la religión de las aulas reduciéndola al hermoso ámbito de la familia o la parroquia, no porque la religión no pueda tener sitio en las aulas, sino por el uso sectario y tendencioso que puede hacerse de ese bello capítulo de la espiritualidad occidental. Habría que suprimirla si sus profesores no tienen altura de pensamiento y de vivencia para exponerla como lo que es, y no como una ciencia al lado de la física o la lingüística. Hay que revisar los programas educativos y los libros de texto cuidadosamente, porque lo mismo que se usaba la religión se ha usado la Historia como justificación para la xenofobia o el racismo. Cuando los nacionalismos que no pudieron fraguar a lo largo del siglo XIX vuelven insistentemente reclamando presuntos derechos históricos, hay que vigilar las escuelas, pues es en ellas donde se siembra esa semilla de tempestades. No será raro que los niños vascos miren al resto de los españoles como enemigos, invasores y gente en general inferior cuando se difunden en la escuela las pobres, las miserables ideas del fundador Sabino Arana o las grandes ideas de los Libros considerados por sus fieles palabra de Dios de manera sectaria. Cuando hay un atentado en un país yo haría crítica de su sistema educativo. Quien conoce Marruecos se enamora. El dolor que un puñado de bestias infligió primero Marruecos y luego a nosotros no va a quitarnos la confianza en las personas, pero ha de mover a todos los españoles, islámicos o cristianos, y a todos los marroquíes para combatirlos y que el dolor se transforme en voluntad de cooperación con las fuerzas policiales para arrancar de nuestra sociedad semejante cáncer. Respecto a la blandura de las leyes para tratar ese problema hablaremos otro día. Porque cualquier terrorista que quiere ser mártir dirá: «Hace falta ser mu infiel y mu tonto para pretender pararme con semejantes leyes. Si el makbiru, el cementerio, era mi destino ¿la cárcel a quién puede asustar?».

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