EL RINCÓN
Bush se burla
LA GENTE que pensaba que el presidente norteamericano era algo obtuso ha cambiado de opinión: ahora piensa que es completamente tonto. No sólo desconoce que la gracia que se quiere tener perjudica a la que se tiene, sino que ignora que él no tiene ninguna gracia. Así se lo han hecho saber los representantes del Partido Demócrata en su totalidad y la inmensa mayoría de los representantes de su propio partido, que se sienten avergonzados. Se conoce que Bush estaba de buen humor cuando consiguió poner de un humor pésimo al resto de sus compatriotas al hacer chistes sobre la búsqueda de las armas de Sadam, empresa que ha costado hasta ahora más de diez mil muertos. Estaba en la tradicional cena que organiza la Asociación de los periodistas de la radio y de la tele y, sin duda para amenizarla, proyectó una fotografía en una pantalla gigante en la que se le veía buscando algo bajo la mesa del Despacho Oval. Nadie sabía qué estaba haciendo el señor presidente y algunos pensaron que podían ser las bragas de Mónica Lewinski, la becaria boquiabierta, pero no. Bush despejó toda duda cuando dijo, muy sonriente: «Esas armas de destrucción masiva tienen que estar por algún sitio». Hace falta ser necio para creer que los falsos argumentos empleados para justificar la terrible guerra pueden ser motivo de risa. No es una broma de mal gusto, sino una contundente prueba de imbecilidad. Más de 500 soldados estadounidenses han muerto y algunos más se disponen a pasar a peor vida en las constantes escaramuzas frente a la Resistencia iraquí, que combate en su patria y por su patria y no lejos de ella y por el petróleo. El hombre teóricamente más poderoso del mundo ha demostrado que es tan malo como humorista que como estratega, y de paso ha hecho millones de partidarios de John Kerry en todas partes. «Viva Kerry». El candidato demócrata sólo ha demostrado hasta ahora una cosa: que no es Bush. Debe bastarle a los electores norteamericanos. Es más que suficiente.