Diario de León
Publicado por
LUZ GONZÁLEZ
León

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NOS ESTAMOS movilizando tras la conmoción de los atentados en Madrid con el propósito de avanzar un paso más allá del gesto de una manifestación y del minuto de silencio en la calle, y que mañana, olvidando ya el dolor, todo continúe igual. Nuestro compromiso -como individuos y como sociedad- está enfocado en la búsqueda de respuestas ante la opinión pública respecto a los problemas que están azotando a la humanidad, y basado en los valores universales más nobles del ser humano, en los que muchos creemos y aspiramos a construir un mundo mejor, en paz, más sano y más feliz para todos. Las fechas 11 septiembre, en Nueva York, y 11 marzo, en Madrid, simbolizan para nosotros dos humaredas gemelas de la misma torre de perversión, aunque sea diferente -o quizás la misma- la identidad de quienes pulsaron los dispositivos del horror. El 11 de septiembre el mundo entero pudo ver con sus propios ojos dos realidades contundentes. Por un lado, la inutilidad de las inversiones en material bélico -la mal llamada defensa de un país-, dando testimonio de ello el país que mayores inversiones -millonarias- realiza en armamento de guerra de todo el mundo, al no haberse podido evitar ni siquiera la invasión de dos simples aviones. Por otro, el efímero valor del dinero egoístamente manejado al desaparecer en segundos el centro económico más poderoso del mundo, demostrando que el dinero no es, ni remotamente, el valor más seguro, ni el mejor clavo donde agarrar la felicidad. Ante los ojos del planeta entero se tambaleó en Nueva York nuestro sistema occidental de creencias, egocéntrico, en extremo materialista y vilmente ambicioso. Las torres de nuestro viejo sistema -económico, político y social- recibieron un contundente toque de atención, indicándole al mundo que resulta anacrónico, repugnante e hipócrita a las necesidades y ansias de paz, justicia y solidaridad que la humanidad del siglo XXI reclama mundialmente. El 11 de marzo en Madrid, igual que en Nueva York, el mundo entero pudo también comprobar que políticamente estamos en las cavernas. Todavía muy lejos de la verdadera democracia. En medio de las discusiones electorales entre los tres partidos políticos mayoritarios, cegados en sus ruines afanes, se encuentra el pueblo aplastado por las bombas al despertar el 11 de marzo. El mismo pueblo que hacía muy pocos meses había salido masivamente a la calle reclamando su derecho más legítimo: paz. El mismo, por cierto, que en un solo grito de dolor apiñando el mapa español en una sola calle, de una sola España, dejó atónita a la clase política, cuando se asomaron a los balcones a dar sus consignas y vieron al pueblo unido clamando a los políticos por la vida de Miguel Ángel Blanco en manos de ETA sin que ni los sindicatos ni los partidos políticos ni nadie lo hubiesen convocado. El pueblo se adelantó, como suelen adelantarse siempre todos los pueblos del mundo, a enseñarles a los políticos la magistral lección de que el corazón de España está vivo, muy sano y es muy generoso. Que ha sabido asumir en el momento crucial la responsabilidad más alta y bella del ser humano. Que se manifiesta libremente sin necesidad de emblemas, consignas ni programas, con la misma destreza que acudió estos días a socorrer a las víctimas del cruel atentado en Madrid. Este es el mismo pueblo que está siendo sometido sin piedad a la vil manipulación de los medios de televisión, donde la obscena potencia egoísta de la onda expansiva del «todo vale con tal de hacerme rico», nos está explotando en nuestros propios hogares a todas horas, sin que ni un solo político haya hecho el más mínimo gesto de inquietud y de mejora hacia lo que posiblemente sea el peor de los males, la peor dictadura de todos los tiempos que está azotando trágicamente a la sociedad. Por otra parte, mientras el pueblo está clamando atención sobre la gravedad de la violencia doméstica a las mujeres que en nuestra sociedad está creciendo a niveles dramáticos, las soluciones políticas asumen solamente ayudas a las mujeres que ya han sido maltratadas o que se encuentran en situación muy peligrosa y han puesto denuncias. Pero no solucionarán jamás el problema si no se toman medidas de «control preventivo» enfocadas a erradicar la causa del problema; aquellas medidas que eviten que el maltratador maltrate. La gran incoherencia es que, por una parte, se fomenta la violencia y la agresividad a través de las televisiones en discusiones políticas, películas, juegos infantiles, programas de masas; y por otra, no se espera encontrar esa misma violencia y agresividad reflejada en la sociedad, a pesar de que cada día se incrementan y nos sobresaltan más las crónicas de sucesos con ejemplos espeluznantes: un marido con 87 años de edad que, casi sin poder caminar, mata a palos a su anciana mujer; o niños de doce años acribillando a tiros a los profesores y compañeros de instituto. Algo muy precioso se nos está yendo de las manos. Nosotros mismos estamos creando el caos en el que vivimos, en una especie de centrifugadora de donde cada vez nos será más difícil salir y con peores consecuencias. La ley causa-efecto enseña que recibimos siempre lo que damos. Así pues, somos el resultado de lo que pensamos. La sociedad la construimos entre todos, y cada uno de nosotros debe asumir su propia responsabilidad en el mundo. El conformismo y el silencio es cómplice. Pero el corazón del pueblo siempre responde al llamado de la vida cuando ésta se asfixia, impulsando nuevos latidos rítmicos de aliento para realizar cambios drásticos en la decadente sociedad enferma. Así ocurrió siempre en cada etapa de la historia de la humanidad.

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