Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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RAJOY le reprochó a Zapatero ser un tanto gallego. Los debates de investidura tienen esas paradojas, y aun más. El líder popular leyó una larga lista de logros que su partido deja en herencia al nuevo gobierno,  casi todos incuestionables, aunque le puso tanto énfasis torero que sólo le faltó preguntar ¿si soy tan maravilloso  por qué va gobernar él y no yo?  Pero en ese legado de éxitos populares, que nunca lo son únicamente de un partido o de una persona, también se incluyen gravísimos problemas, como es la implicación de España en una guerra que nos ha creado nuevos y peligrosísimos enemigos. También eso es herencia. Los leoneses sabemos que no hay tal Zapatero blandegue, que se trata de una interpretación errónea de su personalidad. No es economista, como tampoco es ingeniero de telecomunicaciones o gestor cultural. La trascendente labor que le ha sido encomendada implica un inevitable aprendizaje, porque se puede venir al mundo con cara de director general pero eso no significa que no haya que aprender a serlo. Tiene que madurar en el ejercicio de su responsabilidad, pero es un proceso lógico y hasta deseable. ¿O es que los conocimientos de un alcalde o de un presidente de la Diputación lo son por ciencia infusa?   El político leonés no se puede examinar aún de algo que ni siquiera ha empezado a ejercer, como tampoco a Rajoy se le pueden hoy reprochar carencias como líder de la oposición. Los exámenes verdaderos vendrán más tarde.   De momento, no deben preocuparnos tanto los errores rectificables como aquellos que tienen difícil rectificación. Estamos ante dos excelentes políticos, para el beneficio de España, no sólo de sus legítimos intereses. Ambos líderes, ambos partidos, son necesarios para resolver los grandes retos que actualmente tiene planteados nuestro país.

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